Hoy te vi de frente
y no corrí.
llenando el silencio con ruido,
las horas con cualquier cosa
que se pareciera a un propósito,
la cama con almohadas
donde antes había un cuerpo.
Pero hoy me cansé de huir.
Me senté en el suelo de la sala
y dejé que llegaras.
Llegaste como niebla,
como un frío que viene de adentro,
como la pregunta que nadie quiere responder:
¿Y si nadie vuelve a elegirme?
No te voy a mentir, vacío.
Me das miedo.
Me das miedo porque en ti
no hay distracciones.
No hay excusas.
No hay nadie a quien culpar
de esta soledad que me habita
desde antes de que el otro se fuera.
Tú estabas aquí ya,
¿verdad?
Escondido bajo las rutinas,
camuflado entre los besos,
dormido bajo el ruido
de una vida compartida.
Y cuando se fueron
no me dejaron vacía.
Solo me dejaron contigo.
Con esta verdad que arde:
que nunca aprendí a quedarme conmigo.
Que siempre necesité
la voz de otro
para saber que existo.
Pero esta tarde—
esta tarde gris de noviembre—
algo cambió.
Estaba llorando en la ducha
(otra vez)
cuando de pronto
mi propia mano
se posó en mi hombro.
Y supe—
con una certeza que venía del cuerpo,
no de la mente—
que podía sostenerme.
Que mis propias manos
podían ser suficientes.
Que mi propia compañía
no tenía que ser un castigo.
Vacío,
sé que no te irás.
Que vivirás en mí
como vive el aire en los pulmones:
invisible, necesario.
Pero hoy entendí
que no eres mi enemigo.
Eres el espacio que necesito
para finalmente escuchar
mi propia voz.
Eres la sala vacía
donde por fin puedo bailar
sin pedir permiso,
sin ajustar mis pasos
a la música de otro.
Eres el lienzo en blanco
donde puedo dibujarme
sin borrarme primero
para que alguien más quepa.
Así que gracias, vacío.
Gracias por ser tan honesto,
tan brutal,
tan necesario.
Gracias por enseñarme
que estar rota
no es lo mismo que estar destruida.
Que puedo temblar
y seguir siendo fuerte.
Que puedo llorar
y seguir siendo valiente.
Que puedo estar sola
y seguir siendo completa.
Hoy no te temo tanto.
Mañana tal vez sí.
Pero hoy,
hoy te recibo
como se recibe una tormenta:
sabiendo que después de ti
vendrá la calma.
No la calma de haber olvidado.
No la calma de haber superado.
La calma feroz
de quien por fin
dejó de abandonarse
a sí mismo.

