sin pedir permiso a nuestros anhelos,
y deja vacíos los rincones del alma
donde antes habitaban risas y recuerdos.
sin saber que una nueva luz comienza a encenderse.
La vida avanza como un río profundo,
llevando consigo nombres, momentos y estaciones.
Nada permanece exactamente igual,
pero cada cambio guarda una enseñanza silenciosa
que el tiempo revela con paciencia
a quienes continúan caminando.
Las noches más largas también conocen el amanecer.
Detrás de cada sombra existe una promesa de claridad,
y detrás de cada lágrima una fuerza desconocida
que aprende a levantarse después de caer.
El corazón se hace más sabio en las tormentas
y más fuerte cuando vuelve a creer.
Hay caminos que desaparecen en la distancia
para que otros puedan abrirse ante nuestros pasos.
Puertas que se cierran sin explicación
y senderos que nacen donde parecía no haber salida.
La esperanza suele llegar en voz baja,
cuando ya nadie la espera.
No todo lo valioso permanece para siempre,
pero todo lo vivido deja una huella.
Algunas presencias son como estrellas fugaces:
breves, luminosas e imposibles de retener.
Su paso transforma el paisaje del alma
y luego continúa hacia otros cielos.
Sin embargo, el amor verdadero nunca necesita levantar muros.
Aun cuando los caminos se separen por un tiempo,
siempre puede quedar abierta una puerta para el encuentro,
una posibilidad para el abrazo, la comprensión y el perdón.
No corresponde al ser humano escribir el desenlace definitivo,
porque hay decisiones que pertenecen únicamente a Dios.
Él conoce los tiempos que ignoramos,
las distancias que un día pueden acortarse
y las historias que aún no han concluido.
Lo que hoy parece un adiós irrevocable
mañana podría convertirse en una nueva oportunidad,
si así lo dispone Su perfecta voluntad.
Por eso vale la pena mirar hacia adelante,
abrazar los días que todavía no han llegado
y confiar en las páginas que aún faltan por escribirse.
El futuro guarda canciones desconocidas,
sueños que todavía no tienen nombre
y alegrías que aún no han encontrado su momento.
Ninguna noche posee la eternidad,
ningún invierno tiene la última palabra.
Siempre existe un amanecer esperando su hora,
un nuevo comienzo oculto tras la niebla,
una razón para seguir avanzando
con el corazón abierto a la esperanza.
Y mientras el tiempo sigue su curso,
la fe susurra con serenidad que nada es imposible para Dios.
Por eso el alma descansa, sin aferrarse ni renunciar,
confiando en que Su sabiduría guía cada paso.
Porque cuando Él tiene la última palabra,
la esperanza siempre encuentra un lugar donde permanecer.
