donde un mapa de tierra que ya no piso
se reconoce, intacto, en el silencio.
solo el reflejo de un sol que nunca termina de ocultarse,
una pausa suspendida entre lo que fue incendio
y lo que es, simplemente, un horizonte familiar.
Las líneas en el aire se vuelven puentes,
una luz que, al pasar sin ruido sobre la memoria,
deja la claridad de haber visto el fondo.
Todo permanece en ese destello,
como una página leída en la penumbra
donde las palabras ya no cuentan la historia,
sino que sostienen la calma de haber vuelto a ver.
El aire vibra, huella en el viento,
donde el brillo y la pausa, en un mismo momento,
dibujan el secreto de haber sido paisaje.
Basta un giro del alma, un roce del tiempo,
para que respire lo que fue certeza:
esa forma del agua buscando su pureza
tras el movimiento.
Todo ocurre en la luz que se entrega,
en ese trazo que el olvido no alcanza,
donde la calma es, apenas, la leve esperanza
de que nada termina, mientras el alma navega.
