hecha de pasos no dados,
de ciudades que no conocí
porque el cuerpo se negó al alba.
una promesa que no zarpó.
El viento llama, pero yo —
raíz dormida— apenas escucho.
No es cansancio, es costumbre
de mirar el techo como horizonte.
La cama, barco inmóvil,
me enseña mares sin rumbo.
Y sin embargo,
un temblor pequeño —casi fe—
se esconde bajo las sábanas:
quizá mañana,
la piel recuerde el camino.

