de todo lo que se fue con ellos:
El olor a café preparado por otras manos.
La certeza de que alguien preguntará
cómo estuvo tu dÃa.
Pero luego descubres
que lo que más duele no está en las listas.
Lo que duele es despertar
y que tu primer pensamiento
ya no tenga destinatario.
Es abrir la boca para hablar
y recordar, a mitad de la frase,
que nadie está escuchando.
Es descubrir que habÃas construido
un idioma secreto entre dos
y ahora eres el único hablante
de una lengua muerta.
Te conviertes en arqueólogo
de tu propia vida:
desenterrando recuerdos,
clasificando ruinas,
tratando de entender
cómo algo tan sólido
se volvió polvo entre tus dedos.
Y en las noches
sobre todo en las noches
el cuerpo se rebela.
Tiembla con una verdad
que la mente aún niega:
que habÃas olvidado cómo estar solo.
Que habÃas tercerizado tu paz.
Que habÃas aprendido a existir
solo en plural.
Pero hay un momento
un momento imposible de marcar en el calendario
en que el temblor cambia de frecuencia.
Ya no es el temblor del miedo.
Es el temblor del que está cavando.
Del que está buscando.
Del que está dispuesto a descender
hasta el centro de sà mismo
aunque ahà abajo haga frÃo
y no haya nadie esperando.
Y lo que encuentras en ese descenso
no es lo que esperabas.
No encuentras los pedazos rotos de quien eras.
Encuentras los pedazos intactos
de quien siempre fuiste
pero nunca tuviste permiso de ser.
Esa risa demasiado escandalosa.
Ese sueño demasiado ambicioso.
Esa rabia que guardaste
para no incomodar.
Esa ternura que escondiste
para no parecer débil.
Todo está ahÃ,
esperándote,
como semillas bajo la nieve.
Y entiendes por fin
que la pérdida no vino a quitarte nada.
Vino a devolverte
todo lo que habÃas sacrificado
en nombre del amor.
