Inventario de lo perdido


Al principio haces listas mentales
de todo lo que se fue con ellos:

Las mañanas de domingo.
El olor a café preparado por otras manos.
La certeza de que alguien preguntará
cómo estuvo tu día.

Pero luego descubres
que lo que más duele no está en las listas.

Lo que duele es despertar
y que tu primer pensamiento
ya no tenga destinatario.

Es abrir la boca para hablar
y recordar, a mitad de la frase,
que nadie está escuchando.

Es descubrir que habías construido
un idioma secreto entre dos
y ahora eres el único hablante
de una lengua muerta.

Te conviertes en arqueólogo
de tu propia vida:
desenterrando recuerdos,
clasificando ruinas,
tratando de entender
cómo algo tan sólido
se volvió polvo entre tus dedos.

Y en las noches
sobre todo en las noches
el cuerpo se rebela.

Tiembla con una verdad
que la mente aún niega:
que habías olvidado cómo estar solo.
Que habías tercerizado tu paz.
Que habías aprendido a existir
solo en plural.

Pero hay un momento
un momento imposible de marcar en el calendario
en que el temblor cambia de frecuencia.

Ya no es el temblor del miedo.
Es el temblor del que está cavando.
Del que está buscando.
Del que está dispuesto a descender
hasta el centro de sí mismo
aunque ahí abajo haga frío
y no haya nadie esperando.

Y lo que encuentras en ese descenso
no es lo que esperabas.

No encuentras los pedazos rotos de quien eras.
Encuentras los pedazos intactos
de quien siempre fuiste
pero nunca tuviste permiso de ser.

Esa risa demasiado escandalosa.
Ese sueño demasiado ambicioso.
Esa rabia que guardaste
para no incomodar.
Esa ternura que escondiste
para no parecer débil.

Todo está ahí,
esperándote,
como semillas bajo la nieve.

Y entiendes por fin
que la pérdida no vino a quitarte nada.

Vino a devolverte
todo lo que habías sacrificado
en nombre del amor.

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Ricardo Abud (Chamosaurio)

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS. M.Sc.Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú. Estudios en, Union County College, NJ, USA. Email: chamosaurio@gmail.com

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