como quien atraviesa un río hecho de relojes dormidos.
La noche derrama tinta azul sobre los edificios
y las calles comienzan a llenarse de voces antiguas
que avanzan lentamente hasta encontrar refugio en tu cuerpo.
como una luna cansada buscando refugio en la tierra.
Las ventanas comienzan a llenarse de agua invisible,
los retratos antiguos parpadean lentamente
y las sombras de la habitación cambian de sitio
cada vez que pronuncias mi nombre en voz baja.
Me apodero de todo lo que deseo:
del temblor escondido detrás de tus manos,
de la respiración que guardas
como una carta prohibida bajo la lengua,
de ese pequeño incendio que te nace en los ojos
cuando el recuerdo me pronuncia en silencio.
Tus susurros temblorosos
quedan atrapados en la memoria de los muebles,
en las tazas vacías,
en la ropa que aún conserva la forma de tus ausencias.
Hasta el viento entra despacio a la habitación
para no despertar los fantasmas
que duermen abrazados a nuestra historia.
A veces la realidad se rompe.
Entonces aparecen peces luminosos flotando en el techo,
árboles creciendo dentro de los pasillos
y un tren invisible atravesando la madrugada
mientras tú intentas convencerte
de que todavía perteneces al mundo de los vivos.
Pero yo sigo allí,
intermitente como una estrella enferma,
habitando cada rincón donde alguna vez respiraste.
Porque hay amores que no terminan:
se transforman en ciudades secretas,
en lluvias que hablan,
en sombras que aprenden a caminar solas
por el interior de quienes las recuerdan.

