Los árboles guardan mis pensamientos antiguos,
y en la espesura hay pájaros de miedo
que anidan donde el corazón se parte.
El aire huele a un pasado que no se decide a morir.
Por los troncos resbala la sombra de mis errores,
lentos líquenes de vergüenza y ternura.
Caminar allí es oír el crujido de lo no dicho,
la voz áspera de lo que no aprendí a perdonar.
Pero hay también raíces bondadosas,
ramas que aún buscan la luz.
Cuando el sol toca la copa más alta,
una claridad tibia inunda mi pecho
y sé que sigo creciendo, incluso herido.
De noche, ese bosque suspira.
El viento mueve mi alma como un péndulo verde.
Todo se mece, nada muere del todo:
la savia continúa su viaje secreto,
tejiendo vida en el silencio.
