por corredores donde el eco pronuncia nombres
que alguna vez dejaron brasas en tus labios.
Va tanteando paredes de humo,
como quien busca una puerta
después de haber incendiado la casa.
una sombra nacida de tus propias manos.
No fue el destino quien arrancó aquellas miradas,
ni el tiempo,
ni la distancia que todo lo marchita;
fuiste tú quien dejó caer los puentes
mientras el amor aún los cruzaba.
Ahora avanzas entre rostros vacÃos,
preguntándole a la noche
dónde quedaron aquellos ojos
que sabÃan leerte incluso en silencio.
Y la noche no responde.
Solo te devuelve el ruido de tus pasos
y el peso insoportable de haber llegado tarde.
Tu alma lo sabe.
Por eso vaga inquieta,
rozando ventanas ajenas,
buscando en otros cuerpos
la luz que desperdició por orgullo,
por miedo,
o por esa absurda costumbre humana
de destruir lo que más necesita.
A veces te detienes frente al recuerdo,
como un náufrago frente al mar que lo venció.
Quisieras regresar,
recoger cada palabra rota,
deshacer cada herida,
volver al instante exacto
donde aún eras esperado.
Pero hay ausencias
que aprenden a cerrarse como tumbas.
Y hay ojos que, después de llorar demasiado,
aprenden también a no mirar atrás.
Quieres retroceder,
pero el orgullo te lo impide;
gritas en silencio su nombre,
pero estás atada al discurso del pasado.
Triste y melancólica, ves pasar el tiempo
y la vida te cobra la estupidez.
Entonces tu alma continúa,
cansada y sola,
arrastrando el perfume de lo perdido.
Y desde lejos parece un invierno humano
buscando desesperadamente
la primavera que él mismo enterró.

