es otra ciudad.
Los semáforos cambian de color
para nadie, con una fidelidad
que da algo de ternura.
Un perro cruza la avenida principal
sin mirar a los lados.
Sabe algo que nosotros olvidamos.
Los bares de la noche acaban de cerrar.
Las panaderías acaban de abrir.
Por un momento exacto
el mundo huele simultáneamente
a alcohol viejo y a pan nuevo.
Eso también es una definición del tiempo.
Hay un hombre en el banco de la plaza
que no sabemos si está dormido o pensando.
Lleva un abrigo marrón que conoció tiempos mejores.
Sobre su cabeza, una paloma.
La ciudad le ha puesto una corona
sin que él lo sepa.
Noviembre a las seis.
La luz llega de lado, casi disculpándose,
tiñe los edificios de ese color
que no tiene nombre en ningún idioma
pero que todos hemos visto
y que todos hemos sentido
como una promesa vaga de algo
que tal vez no llegará
pero que tal vez sí.
