las balanzas ya no mienten:
solo miden conveniencia.
donde se piden palacios
desde habitaciones en ruinas.
Algunos llegan completos
y se van fragmentados,
dejando su peso exacto
en manos que nunca sostienen.
Otros exhiben cicatrices como medallas,
las pulen, las maquillan,
y las llaman experiencia premium.
Nadie firma el acuerdo real:
todo deseo cobra intereses,
toda exigencia oculta deuda,
toda oferta tiene letra tóxica.
Y así, entre reflejos gastados,
la lucidez parece arrogancia,
poner límites suena a desprecio,
y retirarse a tiempo
es el único lujo
que no está en venta.

