Donde Juegan las Estrellas


Hay silencios que no nacieron para doler y, 
sin embargo, aprendieron el idioma de las lágrimas. 
Desde aquel día, el viento dejó de ser solamente viento; 
comenzó a caminar descalzo entre las ruinas,
 recogiendo pequeñas risas que el polvo no pudo 
sepultar y guardándolas en el bolsillo infinito del cielo.

Hoy, cuando el calendario abre sus manos 
para abrazar la infancia, la memoria enciende 
una vela que no consume cera, sino amor. 
Porque existen nombres diminutos que jamás 
aprenderán a envejecer. 
Permanecen con la misma sonrisa, 
con la misma mirada limpia, con los mismos 
sueños de papel que un día quisieron 
volar más alto que las montañas.

Quizá la eternidad eligió sus rostros 
para enseñarnos que la inocencia nunca muere; 
apenas cambia de jardín.

Ellos continúan corriendo. 
Ahora persiguen mariposas de luz, 
construyen castillos con nubes y dibujan 
arcoíris donde nosotros apenas alcanzamos a ver lluvia.
 Cada estrella parece haber aprendido 
el brillo de sus ojos, y la noche, desde entonces,
 ya no es oscura: es un inmenso patio 
donde la infancia juega sin miedo.

Mientras tanto, aquí abajo, el reloj insiste 
en correr como si ignorara que el amor jamás debería tener prisa. 
Perdemos horas defendiendo orgullos 
que no alimentan el alma, levantando muros donde 
cabrían abrazos, olvidando decir «te quiero» creyendo 
que siempre existirá un mañana dispuesto a esperarnos.

Pero la vida, con su ternura y su misterio, 
nos recuerda que ningún abrazo debe quedarse 
sin destino y que ninguna palabra 
de amor merece dormir en el silencio.

Ellos, con su ausencia luminosa, 
siguen educando nuestros corazones. 
Nos enseñan que una caricia vale más que cualquier riqueza, 
que una tarde compartida pesa más que todos
 los relojes del mundo, y que el verdadero milagro
 consiste en amar mientras todavía podemos mirarnos a los ojos.

Hoy el cielo parece inclinarse un poco más sobre la tierra. 
No para cubrirla de tristeza, sino para acercarnos 
esas pequeñas manos convertidas en luz, 
esas voces que ya no escuchamos con los oídos,
 sino con la parte más profunda del alma.

Y cuando la noche termine de sembrar sus estrellas,
 bastará levantar la mirada para comprender 
que ningún niño desaparece cuando ha sido amado. 
Se convierte en esa claridad que acompaña los pasos 
de quienes aún caminamos, recordándonos, 
con la dulzura de lo eterno, que la infancia nunca 
abandona el universo; simplemente cambia la tierra 
por el infinito y continúa jugando... 
donde Dios sonríe y las estrellas también aprenden a ser niños.

Nota: Poema en prosa, en homenaje a todos esos niños y niñas que ya no estan con nosotros despues del terremoto del 24 de junio. 

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Ricardo Abud (Chamosaurio)

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS.M.Sc.Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú.Estudios en, Union County College, NJ, USA. Miembro del Consejo Asesor y Representante en America Latina de la Revista Internacional Vigil Journal. Email: chamosaurio@gmail.com

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