no por urgencia,
sino porque alguien debía aprender primero
cómo se sostiene el peso de los días.
cuando el comienzo tiene frío
y el frío enseña a cuidar el fuego.
Tu grandeza nunca pidió espacio.
Vive en gestos breves,
en manos que ayudan sin anunciarse,
en esa forma tuya de estar
que no se impone
pero sostiene.
Cuando el mundo empuja,
respondes cediendo apenas,
como los árboles que saben
que resistir también es inclinarse.
El cuerpo te habló a veces con dureza,
te puso idiomas que no elegiste aprender,
y aun así dialogaste con el dolor
sin convertirlo en sombra.
Persistes como la gota
que no desafía a la piedra:
permanece,
y al quedarse, transforma.
Quienes caminamos detrás
crecimos bajo tu sombra clara,
esa que no oscurece
ni exige gratitud.
Hay en ti una lealtad silenciosa,
una devoción que no ata
pero nunca suelta,
una presencia que acompaña
incluso cuando no se nombra.
Hoy el tiempo se detiene un instante
para mirarte.
No por lo que sumas,
sino por todo lo que diste
sin llevar cuentas.
Porque hay personas
que no necesitan decir “familia”:
la sostienen con su manera de ser.
