No sé si es el frío lo que los decide
o la luz o el cansancio de otro año
que se acaba sin haber terminado nada.
Hacen las maletas de noche
con ese cuidado excesivo de quien sabe
que es la última vez.
Doblan las camisas con una precisión
que nunca tuvieron en la vida ordinaria.
El piso vacío en diciembre
todavía huele a ellos.
La forma en el colchón todavía existe.
El vaso en el baño todavía tiene
el borde marcado de su boca.
Los objetos son más lentos para olvidar.
No hablo de los muertos.
Hablo de los que se van vivos,
que a veces es más difícil.
Hablo de los que un día de agosto
simplemente deciden
que este lugar ya no es su lugar
y buscan otro lugar que todavía no existe.
A veces lo encuentran.
A veces el otro lugar tampoco es su lugar.
A veces vuelven en agosto del año siguiente
y el piso ya tiene otros muebles
y otras formas en el colchón
y otros bordes en los vasos.
Y todo está exactamente en su sitio.
Y no hay sitio para ellos.
