saltan los charcos de septiembre
con una dedicación científica.
fingimos no saber:
que saltar un charco bien saltado
tiene un valor intrínseco,
que el placer no necesita justificarse,
que mojarse los pies
a veces es el precio correcto de la alegría.
El niño que era yo en septiembre
tenía un par de botas de agua naranjas.
Con esas botas el mundo mojado era mío.
Los charcos no eran obstáculos.
Los charcos eran el punto.
No sé en qué momento exacto
los charcos se volvieron un problema.
No vino aviso.
Un día las botas eran pequeñas
y ya no había botas nuevas
y los charcos se convirtieron en algo que sortear.
A veces, en septiembre, cuando llueve,
piso un charco a propósito.
Solo para ver.
El pie mojado dentro del zapato
es incómodo e innecesario y perfecto.
