Han pasado 22 años desde aquel 9 de septiembre de 2004, cuando publiqué por primera vez en este espacio que elegí llamar Jugando con la Luna. Dos décadas y dos años de palabras, de poemas que nacieron de madrugada, de cuentos que guardé como tesoros, de reflexiones que no pedían permiso para existir.
En este tiempo han pasado muchas cosas. He visto cómo algunos intentaron reducir lo que hago a una "paginita", como si los años de dedicación pudieran caber en el tamaño del desprecio que le tenían. Me han llamado bocón, principesco, hasta abusador. Han dicho que aquí desprestigio a la gente, quienes me conocen saben que ese no es el espíritu que mueve estas páginas.
Pero frente a todo eso, ustedes estuvieron.
A quienes leen sin decir nada, pero regresan. A los que alguna vez dejaron un comentario que me dio fuerzas cuando más falta hacía. A los que compartieron un poema porque lo sintieron propio. A los que me escriben al correo para decirme que tal verso les tocó el alma. A los que simplemente me acompañan desde la distancia, en silencio y con lealtad: gracias.
Este blog nunca ha sido una plataforma de ataque ni un espacio de rencores. Aquí vive el amor a mis nietos Aisha, Jose, Juan y Darian, los versos que no caben en la conversación cotidiana, los silencios que gritan, los fuegos que aprenden a respirar en el agua. Aquí conviven mis cuentos esos relatos donde a veces me escondo para decir verdades y mis reflexiones, que han sido el pulso ético y el espejo donde he intentado comprender nuestra propia dignidad. Especialmente ahora, en este nuevo ciclo de mi Poemario, donde cada 24 de mes la cita se renueva para seguir dándole voz a lo que siente el alma. Aquí vive, en cada página, lo que realmente soy.
Veintidós años no se explican sin ustedes. No se sostienen sin esa comunidad invisible que, entrada por entrada, convirtió este rincón digital en algo que vale la pena defender.
No me detuvieron antes. No me detendrán ahora.
Mirar hacia atrás me permite ver un camino trazado con honestidad, pero mirar hacia adelante me emociona con la misma intensidad que el primer día. La belleza de seguir jugando con la luna reside en que la noche siempre ofrece una fase nueva, un misterio diferente por descifrar y una oportunidad renovada para compartir lo que palpita en el pecho. Me siento afortunado de que este rincón siga siendo un refugio para la palabra libre y un puente hacia quienes, como ustedes, valoran la profundidad sobre el ruido.
Seguimos, Chamosaurio mediante, jugando con la luna.
Con gratitud sincera,
Ricardo Abud
Jugando con la Luna — desde el 9 de septiembrede 2004
