Reflexiones Necesarias

Poemas y escritos en deposito por Ricardo Abud

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 Por: Ricardo Abud

Tengo que reconocer que mi sobrino Kirpal tiene una manera muy particular de entender el concepto de pasear. Es un muchacho de buen corazón, de esos que te quieren, te atienden y están dispuestos a sacarte de la casa para que no te conviertas en parte de los muebles. 

El problema es que su concepto de recreación parece haber sido diseñado por una comisión integrada por vendedores de tiendas, agentes de tránsito y promotores de tarjetas de crédito.

Generalmente, cuando necesito hacer alguna compra, mi hermana Aurita, que siempre está pendiente de mí y de mi bella soledad, se ofrece amablemente a llevarme. Ayer acepté agradecido, pensando ingenuamente que íbamos a resolver lo que necesitaba y regresaríamos tranquilamente a casa. ¡Pobre de mí! Todavía no había terminado de acomodarme en el asiento cuando descubrí que el verdadero chofer de la expedición era mi sobrino Kirpal, y que aquello que yo había concebido como una sencilla salida de compras se había transformado en una gira comercial por toda Caracas.

Salir ayer con ellos fue una experiencia psicométrica. Uno comenzó midiendo su capacidad de resistencia, continuó evaluando su tolerancia al estrés y terminó preguntándose si existe alguna convención internacional que proteja a los pasajeros de los paseos familiares prolongados.

Para Kirpal, salir a comprar una cosa significa visitar primero cinco establecimientos donde venden esa misma cosa, comparar precios, revisar promociones, consultar cuotas, analizar las condiciones de financiamiento y, si es posible, regresar al primer negocio para comprobar si la oferta sigue vigente, y terminar comprando algo que no estaba en tus planes.

Porque, ¿quién puede resistirse hoy a comprar algo con ese acuerdo con la mal o bien llamada Cashea? Esa aplicación se ha convertido en una especie de religión nacional: uno entra a una tienda sin dinero, sale con una deuda y, milagrosamente, con la sensación de haber hecho un buen negocio. Ya no compramos productos: adoptamos compromisos financieros. Cada compra es un matrimonio a plazos, con una inicial que hace de sacerdote y unas cuotas que se encargan de recordarnos que el amor por las cosas materiales también tiene sus sacrificios.

Nuestra primera parada ayer fue Makro. Allí comenzó el verdadero safari comercial. Kirpal conoce todas las modalidades de promoción: el 4x4, el 3x3, el 2x1 y cualquier otra combinación matemática que se les ocurra para vendernos lo que no han podido vender durante los últimos seis meses. Yo caminaba detrás de ellos con la esperanza de que alguien recordara para qué salimos de la casa. Pero no. Estábamos en modo exploración.

En Makro no compramos necesariamente. Observamos. Comparamos. Calculamos. Tocamos los productos. Revisamos los precios. Hicimos turismo de anaqueles. A veces pienso que Kirpal está preparando una tesis doctoral sobre el comportamiento de los consumidores venezolanos ante las promociones de supermercado.

Cuando finalmente creí que habíamos terminado, apareció la segunda estación de nuestra peregrinación: ¡Cinecita!

Allí los ojos se te van solos contemplando las maravillas que venden, todas calculadas y marcadas en euros. Es una tienda donde fácilmente caminamos más de una hora de pasillo en pasillo, maravillándonos con los estantes, para terminar saliendo triunfantes con la increíble compra de un solo litro de aceite de oliva. Y todavia no he hablado de Damasco, que seguro lo dejo para otro momento. 

Mientras tanto, el tráfico ayer era una calamidad de proporciones bíblicas. Yo no sé si regresaron los siete millones de venezolanos que se fueron y se trajeron  catorce millones de carros, pero las calles parecían una convención internacional de vehículos. Las motos merecen un capítulo aparte. Se reproducen como los conejos cuando están en temporada de apareamiento. Uno miraba por el retrovisor y venía una; miraba por la ventana y venían veinte; observaba el semáforo y descubría que había otras cincuenta esperando una oportunidad para demostrar que las leyes de tránsito son simples sugerencias administrativas. No se puede pasar de un canal a otro porque sencillamente no te dejan, amén de que las motos en Venezuela tienen la particularidad de no tener frenos o los motorizados desconocen que tienen freno sus motos.   

Las motos no circulan: colonizan. Se meten por donde cabe una cucaracha, atraviesan espacios imposibles y aparecen de lugares donde uno juraría que no existe una calle. Algunas llevaban dos personas, otras tres, icluso vi a mas de una que  transportaba a toda una familia con mercado incluido. Son una especie de enjambre que ha desarrollado su propio sistema de leyes, independiente de las señales de tránsito y de cualquier principio de la física.

Y nosotros allí, metidos en el carro, buscando dónde estacionar, dónde había menos tráfico y cuál era la próxima tienda que tenía una promoción. Ocho horas de expedición. ¡Ocho horas! Con ese tiempo se puede viajar de Caracas a varias ciudades, hacer una diligencia consular, visitar a unos parientes y regresar. Pero nosotros seguíamos buscando el mejor precio de un producto que, a esas alturas, ya ni recordaba cuál era.

La situación económica tampoco ayuda a mejorar el ánimo. Todavía estamos esperando que nos paguen los tres meses de aguinaldos, esos que, según mis cálculos, representan aproximadamente 390 bolívares. Convertidos a la tasa oficial del 1 de noviembre de 2026, equivalen a unos 0,44 dólares. Referencia BCV: 889,26 Bs/USD. 

¡Tres meses de aguinaldos! Una fortuna que permite soñar con comprar medio suspiro en una tienda de electrodomésticos. Con semejante capital podría darme el lujo de invitar a alguien a una conversación, siempre que no pidamos café.

Después de tantas horas de peregrinación, uno comienza a experimentar los primeros síntomas de agotamiento físico y espiritual. Las piernas ya no me respondían (alguien dirá: «las piernas no hablan, por eso no respondían»), la espalda reclamaba sus derechos constitucionales y el cerebro empezaba a emitir señales de auxilio. Pero Kirpal no se rendía, y para colmo, su esposa Génesis también tenía su propia agenda de turismo comercial, sumando paradas e itinerarios a la expedición. Él tenía combustible emocional para rato y ella el entusiasmo intacto; parecía que ambos se alimentaran de promociones, descuentos y estacionamientos disponibles.

Entonces llegó el momento culminante de la jornada: ¡la comida! Yo, ingenuamente, pensé que después de semejante travesía podríamos sentarnos a comer algo sustancioso, protieco. Pero no. Como todos los integrantes de la expedición son vegetarianos, salvo yo, la decisión gastronómica ya estaba tomada: nos fuimos a Cuadrado a comer una pizza de queso. Una pizza vegetariana.

Después de ocho horas de tráfico, tiendas, promociones, cuotas y caminatas, mi recompensa consistió en una masa cubierta de queso, sin una miserable representación animal que me permitiera sentir que había comido como un ser humano.

No tengo nada contra los vegetarianos. Respeto profundamente sus decisiones alimentarias. Lo que no termino de comprender es por qué mi sobrino ha decidido que mi entretenimiento y mi alimentación deben someterse a un mismo régimen de austeridad. 

Finalmente emprendimos el regreso. En el carro reinaba un silencio sospechoso. Aurita probablemente estaba satisfecha con el paseo. Kirpal debía estar repasando mentalmente las promociones que encontró y calculando cuánto ahorramos. Yo, en cambio, iba haciendo un inventario de mis articulaciones para comprobar que todas regresaran conmigo.

Llegamos a casa. Bajé del vehículo con la dignidad de un explorador que acaba de regresar de una expedición al Amazonas, doblado totalmente. Me despedí, agradecí el «paseo»y me dirigí directamente al baño, donde me esperaba el último capítulo de esta aventura.

¡No había agua, ya la habian quitado er CDSM! Por supuesto. ¿Qué podía faltar para completar una jornada tan extraordinaria? Después de ocho horas recorriendo la ciudad, soportando el tráfico, visitando tiendas, comparando precios, esquivando motos y comiendo pizza vegetariana, al regresar descubrí que también me habían QUITADO EL AGUA. No me quedó otra alternativa que bañarme con agua de tobo.

Y allí estaba yo, frente al recipiente, echándome agua por la cabeza con un potecito de MAVESA, tratando de quitarme de encima el polvo de las tiendas, el humo de las motos, el estrés de las promociones y la frustración de la pizza.

En ese momento comprendí que el paseo no había terminado. Simplemente había cambiado de escenario. Pasé del turismo comercial al turismo hidráulico.

Me pregunto qué clase de ser humano puede sobrevivir a semejante jornada sin solicitar una indemnización por daños y perjuicios. Ocho horas FUERA para terminar bañándome con agua de un tobo. 

Y lo más extraordinario es que mi sobrino Kirpal seguramente considera que me regaló un día maravilloso. Estoy seguro de que, cuando vuelva a verme, me dirá con esa sonrisa de muchacho satisfecho:

—Tío, ¿cuándo te saco otra vez a pasear? ¡Dios mío! ¿Otra vez?

Yo lo quiero muchísimo. Es mi sobrino adorado, y sé que cada uno de esos recorridos nace de su cariño y de sus ganas de compartir conmigo. Pero creo que debo explicarle algunas pequeñas diferencias entre lo que él entiende por paseo y lo que yo entiendo por descanso.

Para mí, pasear significa salir, disfrutar, conversar, tomarme algo tranquilamente y regresar a casa con la sensación de haber descansado.

Para Kirpal, pasear significa recorrer siete establecimientos, aprovechar doce promociones, atravesar diecisiete embotellamientos, descubrir tres estacionamientos, evaluar cinco modalidades de financiamiento y terminar comiendo una pizza vegetariana.

¡Eso no es pasear, sobrino mío! ¡Eso es un doctorado intensivo en supervivencia urbana con especialización en comercio minorista!

Querido Kirpal, quiero que sepas que agradezco profundamente tu cariño, tu compañía y tu generosidad. No hay dinero que pague el tiempo que me dedicas ni el esfuerzo que haces para sacarme de mi bella soledad.

Pero te propongo algo para nuestro próximo paseo: vamos a un parque, nos sentamos bajo un árbol, conversamos, nos tomamos un café y regresamos a casa.

Porque, sobrino amado, ¡yo no necesito que me lleves a conocer todas las tiendas de Venezuela! ¡Lo que necesito es que me lleves a descansar y que, cuando regresemos, pueda bañarme sin tener que negociar con un tobo!

Te quiero, Kirpal. Gracias por esos paseos inolvidables.

Aunque, para serte sincero, la próxima vez que me digas «tío, vamos a dar una vueltecita», voy a pedirte que me especifiques si se trata de una vuelta a la manzana o de una gira nacional con escala en Makro, Cinecita, Damasco y Cuadrado.

Y que conste: ¡la pizza de queso no cuenta como viático de una expedición de ocho horas!

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