y el tiempo, aunque avance silencioso,
se detiene un instante para pronunciar tu nombre
como quien abre una ventana
y deja entrar la luz de un recuerdo amado.
con esa paciencia que parecía infinita,
esperando siempre a los tuyos,
con una sonrisa sencilla
capaz de convertir cualquier día común
en un refugio para el corazón.
Dicen muchas cosas sobre el destino del alma,
sobre cielos, estrellas y eternidades.
Yo no sé qué hay más allá del horizonte final,
pero sí conozco una verdad que no admite dudas:
las personas que aman de verdad nunca desaparecen,
porque permanecen en la huella profunda
que dejan en quienes las quisieron.
Y tú, Mary, dejaste una huella hermosa.
Está en las historias que aún contamos,
en los consejos que todavía resuenan,
en las risas que regresan sin ser llamadas,
en los gestos que aprendimos de ti
y que hoy viven en nosotros.
Hay ausencias que duelen como el primer día,
pero también hay recuerdos que florecen
como jardines que el tiempo no consigue marchitar.
Tú eres uno de ellos:
una presencia invisible y constante,
una estrella familiar que sigue brillando
aunque nuestros ojos ya no puedan verla.
Hoy elevamos nuestro pensamiento hacia ti,
con gratitud por tu vida,
por tu cariño, por tu ejemplo,
por cada momento compartido
y por el privilegio de haberte llamado hermana.
Feliz cumpleaños, Mary.
Dondequiera que repose tu espíritu,
que te alcance el amor de quienes te recuerdan.
Porque mientras exista un corazón que pronuncie tu nombre,
mientras una memoria conserve tu sonrisa,
mientras una familia te lleve en el alma,
seguirás viviendo entre nosotros.
Con amor eterno para nuestra hermana mayor, Mary
