Poemario de voces, tiempos y asombros
Para todos los que alguna vez buscaron palabras donde solo había silencio, y encontraron que el silencio también era una forma de decirlo todo.
A nuestra hermana Maritza
A mi mama, que me enseñó que el trabajo es también una forma de amor.
A mi papa, que me enseñó que las cosas más importantes no caben en un solo idioma.
A quienes leen en voz alta cuando están solos.
A quienes no leen, pero sienten.
PRÓLOGO
Estos poemas no nacieron en orden. Llegaron como llegan casi todas las cosas verdaderas: de madrugada, en el borde de un vaso, en el espacio blanco entre dos palabras que alguien dijo sin querer decirlas del todo.
Umbrales es un poemario sobre los bordes. El borde del amor y el olvido. El borde de la infancia y la vida adulta. El borde del día que termina y la noche que aún no sabe cómo empezar. He intentado habitar esos bordes con honestidad, sin pretender que tengo respuestas donde solo tengo preguntas bien formuladas.
Hay poemas largos aquí porque algunos dolores no caben en cuatro versos. Hay poemas cortos porque algunas verdades se rompen si se estiran demasiado. He escrito sobre el mar sin haberlo perdido, sobre la muerte sin haberla conocido del todo, sobre el amor con toda la torpeza de quien sabe que el amor es siempre más grande que quien lo escribe.
Leanlos en el orden que quieran. O en ninguno. Los umbrales no tienen dirección obligatoria. Solo tienen luz de un lado y sombra del otro, y la extraña valentía de cruzarlos.
INTRODUCCIÓN
Sobre el oficio y la duda
Escribir un poema es admitir que algo te ha vencido. Que la realidad fue más rápida, más honda, más rara de lo que podías contener con el lenguaje ordinario. Estos veinte poemas son veinte derrotas hermosas. Los ofrezco sin vergüenza.
Este poemario es, en esencia, un inventario de lo invisible. No de lo que no existe, sino de aquello que, por estar siempre ahí, como el polvo en los libros o el gesto de una madre ante la estufa, hemos dejado de nombrar.
A través de estas páginas, la voz poética se asume como un archivo vivo. Aquí no se busca la épica de los grandes acontecimientos, sino la trascendencia de lo minúsculo: el amor que ocurre un martes cualquiera mientras se lavan los platos, la sabiduría táctil de unas manos que saben cuánta sal necesita la vida, o el refugio que ofrece la lluvia para permitirnos, por fin, la lentitud.
El recorrido de este poemario es una invitación a habitar los umbrales. Se mueve entre el recuerdo y la presencia, entre lo que decidimos cargar y lo que el tiempo, sutilmente, nos va quitando de las manos. Es un recordatorio de que somos el resultado de lo que permanece: una mezcla de herencias familiares, libros subrayados y ciudades que solo se dejan conocer cuando el resto del mundo duerme.
Al leer estas palabras, quizás descubras que tu propia historia también está hecha de estas piezas: de paraguas perdidos, de canciones a medias y de ese mar que, aunque a veces parece lejano, nunca nos pierde de vista.
Pasa. El café está puesto y, como dice uno de estos versos, aquí siempre hay algo esperando por ti.
I. LO QUE PERMANECE
El polvo de los libros tiene su propio idioma.
Dice: aquí estuvo una mano.
Dice: aquí hubo una tarde tan larga
que alguien tuvo que llenarla de palabras.
Las casas abandonadas no están vacías.
Están llenas de versiones anteriores
de nosotros mismos,
conversando todavía,
peleando todavía,
poniendo el café a calentar
en cocinas que ya no existen.
He vuelto a lugares que me formaron
y he encontrado que los lugares no recuerdan.
Soy yo el que guarda todo.
Soy yo el archivo, el mapa, el depositario
de esquinas que ya no tienen esa luz
pero que en mí siguen siendo mediodía.
Permanece lo que decidimos cargar.
Y a veces cargamos sin querer,
sin saber que metimos algo en el bolsillo
hasta que lo encontramos años después,
pequeño y desgastado,
pareciéndose todavía a algo que amamos.
***
II. EL MAR QUE NO HE PERDIDO
No he perdido el mar.
Solo lo he prestado a los días
que no tuvieron otro horizonte.
El mar está ahí, intacto,
con toda su arrogancia de agua,
con toda su costumbre de llegar
y de irse
y de llegar de nuevo
como si eso fuera suficiente,
como si eso lo perdonara de todo.
Me enseñó que la repetición puede ser una forma de fe.
Que volver no es debilidad.
Que las olas no piden disculpas por ser siempre olas.
Yo también quiero ser así:
idéntico en lo esencial,
distinto en lo superficial,
haciendo siempre el mismo gesto
con diferente agua.
Guardar el mar es fácil.
Lo difícil es recordar
que nunca fue nuestro,
que solo nos prestó sus orillas
para que aprendiéramos
a quedarnos de pie
en los bordes de las cosas.
No he perdido el mar.
El mar tampoco me ha perdido a mí.
Seguimos siendo
dos formas distintas de no quedarse quieto.
***
III. RETRATO DE MI MADRE COCINANDO
Sus manos saben cosas
que ella nunca aprendió en ningún libro.
Saben cuánto es suficiente.
Esa medida exacta que no se mide,
ese puñado de sal que el tiempo
le grabó en los dedos
como una escritura que no necesita papel.
La veo y pienso:
hay formas de inteligencia
que no tienen diploma.
Hay saberes que viven en el cuerpo
y se transmiten sin palabras,
de mano a mano,
de mirada a mirada,
en cocinas que huelen a todo
lo que una familia
ha sobrevivido junta.
Cuando ella cocina
no está solo haciendo comida.
Está diciendo: aquí estoy.
Está diciendo: esto es lo que tengo.
Está diciendo: coman, que la vida
es larga y hay que darle fuerzas.
Hay un amor que no sabe decirse a sí mismo
y entonces se vierte en una olla,
se cuece a fuego lento,
se sirve caliente
para que no duela tanto el frío de afuera.
He comido ese amor toda mi vida
sin entender que era amor.
Solo sabía que tenía hambre
y que en esa casa
siempre había algo esperando por mí.
***
IV. INSOMNIO
A las tres de la mañana
el mundo es un lugar diferente.
Las cosas pierden su nombre
y se quedan siendo solo formas,
sombras de sí mismas,
versiones más honestas.
La silla no es la silla.
Es el sitio donde alguien se sentó una vez
y no volvió.
El techo no es el techo.
Es el límite de lo que puedo pensar
antes de que el pensamiento
se caiga solo de cansancio.
A las tres de la mañana
recuerdo todo lo que no quise recordar de día.
El cerebro abre cajones que mantiene cerrados
mientras hay luz,
mientras hay ruido,
mientras hay algo que distraiga
a la memoria de sus propios fantasmas.
Y entonces llegan:
lo que dije mal,
lo que no dije nunca,
lo que hice y ya no puedo deshacer,
lo que no hice y ya no puedo recuperar.
El insomnio no es falta de sueño.
Es un exceso de conciencia.
Es el yo más sincero
que vive en la oscuridad
esperando que los otros se duerman
para por fin hablar.
***
V. PEQUEÑA ELEGÍA PARA LAS COSAS QUE SE PIERDEN
Se pierden los paraguas.
Se pierden los guantes en el invierno.
Se pierden las llaves en el momento más inconveniente.
Se pierden las cartas que guardamos con cuidado.
Se pierde el nombre de aquel profesor
que nos cambió algo por dentro con una sola frase
y cuya frase recordamos perfectamente
pero ya no podemos devolverle.
Se pierde la voz de los que se fueron.
No la recordamos, creo que la inventamos.
Construimos una voz con los materiales que quedan
y la llamamos memoria
y la tratamos con cuidado
como si pudiera romperse,
como si supiera que es una copia
y fuera a desaparecer de golpe si lo descubría.
Se pierde el hilo de los sueños.
Se pierde la infancia, gradualmente, sin aviso.
Se pierde la certeza de que todo va a estar bien,
y luego, sorprendentemente,
se pierde también el miedo
de que todo va a estar mal.
Nos quedamos en el medio,
más sabios y más livianos,
sosteniendo sólo lo que cabe en las manos abiertas,
que resulta ser
exactamente suficiente.
***
VI. AMOR EN TIEMPO ORDINARIO
No fue en un momento extraordinario.
Fue un martes.
Fue mientras lavabas los platos
y cantabas sin darte cuenta,
esa canción a medias
que nunca llegas al final
porque te distraes o te olvidas
o simplemente decides
que la mitad es suficiente.
Te miré desde la puerta
y entendí algo
que no sé decir completo todavía.
El amor no avisa.
No espera las condiciones ideales.
No espera que estés presentable,
que la casa esté ordenada,
que hayas dormido bien
y tengas algo inteligente que decir.
Llega un martes, mientras lavas platos,
mientras cantas una canción sin final,
mientras eres exactamente lo que eres
sin esfuerzo ninguno.
Y alguien desde la puerta te mira
y decide, sin decidirlo,
que quiere seguir mirándote
todos los martes que quedan.
Eso es el amor ordinario.
El que no tiene historia épica.
El que se construye de platos lavados
y canciones a medias
y miradas desde puertas
que con el tiempo
se vuelven la historia más grande
que alguien pudo haber vivido.
***
VII. LA LLUVIA Y SUS USOS
La lluvia sirve para quedarse.
Para decirle al mundo: hoy no,
hoy tengo una excusa líquida
que cae del cielo
y me da permiso de no moverme.
La lluvia sirve para leer
los libros que esperan hace meses
en la mesita de noche
con la paciencia infinita
de las cosas que no necesitan
que las apresuremos.
Sirve para el café.
Para la segunda taza de café.
Para pensar que quizá haya una tercera.
Sirve para llamar a alguien
que no has llamado en demasiado tiempo
usando la lluvia como pretexto
porque no sabes decir:
te extraño, estaba pensando en ti,
la vida se me fue entre las manos
y cuando lo noté
ya habían pasado seis meses.
La lluvia sirve para todas esas cosas
que postergamos cuando hay sol.
Es el universo dándonos permiso
de ser lentos,
de ser quietos,
de ser un poco más humanos
y un poco menos eficientes.
Que llueva, entonces.
Que llueva despacio y largo.
Que llueva como si el cielo
también necesitará
tomarse un descanso de sí mismo.
***
VIII. INFANCIA, INSTRUCCIONES DE USO
Para recordar la infancia
hay que bajar.
Hay que ponerse a la altura del pasto,
del perro, de la puerta baja
que un día dejó de ser baja
sin que nadie la midiera.
La infancia está en los detalles táctiles.
La rugosidad de ciertas paredes.
El sonido específico de ciertos goznes.
El olor de la ropa recién planchada
que en aquel tiempo era el olor del domingo.
Éramos extraordinariamente presentes.
No había ayer que nos preocupara,
no había mañana que nos aplastara.
Solo había ahora:
este charco, este palo, este perro,
esta nube que se parece a un dinosaurio
si la miras con los ojos correctos.
Hemos aprendido tantas cosas
y hemos perdido esa sola:
la capacidad de que un charco
sea suficiente para una tarde completa.
No pido volver.
Solo pido a veces
esa forma de mirar
que lo hacía todo enorme,
esa escala de las cosas
en la que una aventura
cabía en el jardín de la casa.
***
IX. CIUDAD DE NOCHE
La ciudad de noche
no es la misma ciudad.
Cambia de idioma.
Habla más lento, más ronco,
con las luces encendidas
de las ventanas donde alguien
todavía no se ha rendido ante el sueño.
Las calles vacías no son tristes.
Son íntimas.
Son la ciudad mostrándonos
lo que es cuando no la miramos:
una conversación entre piedras,
entre asfalto y farola,
entre el viento y los letreros
que de día nadie lee
y de noche dicen todo.
He caminado ciudades de noche
buscando no sé qué.
Quizás solo la prueba
de que el mundo existe también
cuando no lo necesitamos,
que las cosas siguen siendo
aunque no haya nadie que las nombre.
La ciudad de noche me recuerda
que soy prescindible de la mejor manera posible:
el mundo no necesita mi presencia
para seguir siendo hermoso.
Solo necesita que yo aparezca de vez en cuando
con los ojos abiertos
y la velocidad suficientemente reducida
para notar lo que siempre ha estado ahí.
***
X. EL ÁRBOL DEL PATIO
Había un árbol en el patio de mi infancia
que era el árbol más importante del mundo.
No lo era para nadie más.
Lo era para mí,
que desde sus ramas más bajas
podía ver el techo de la casa de los vecinos
y sentir que eso era ver el mundo,
que esa pequeña elevación
era el comienzo de algo mayor.
Los árboles no saben que son árboles.
No saben que les ponemos nombre,
que les atribuimos significado,
que los usamos de metáforas
para hablar de arraigo y de raíces
y de todo aquello que quisiéramos ser.
Ellos solo crecen.
Solo respiran a su manera.
Solo hacen exactamente lo que son
sin ninguna duda al respecto.
Quisiera eso.
Quisiera crecer sin dudar de mi forma.
Quisiera extender mis ramas
en la dirección que tiene luz
sin preguntarme si es la dirección correcta,
si alguien aprobará la forma que elijo,
si mi manera de crecer
tiene sentido para los que me miran desde afuera.
El árbol del patio ya no existe.
Cortaron la casa, el patio, el árbol.
Construyeron algo más útil en ese lugar.
Pero en mí sigue creciendo ese árbol.
Tiene la misma rugosidad.
Las mismas ramas bajas.
Y desde él, todavía,
puedo ver el techo de una infancia
que no ha terminado del todo de terminar.
***
XI. AUTORRETRATO CON DEFECTOS INCLUIDOS
Soy impuntual con las cosas del corazón.
Siempre llego tarde a decir lo que importa.
Cuando llegó, el momento ya viajó,
ya está más frío,
ya perdió esa temperatura exacta
que tenía cuando debí haberlo dicho.
Soy también dado al silencio en los momentos equivocados
y a hablar en los que debería guardar silencio.
Esta es mi geografía: estar
siempre ligeramente desfasado
de lo que el mundo espera de mí.
Tengo la virtud
de querer a las personas en serio.
No sé querer a medias.
O quiero del todo o no sé bien cómo.
Eso me ha traído problemas
y también las mejores cosas que tengo.
Soy mejor oyendo que hablando.
Soy mejor escribiendo que diciendo.
Soy mejor en la segunda conversación
que en la primera,
en la que todavía estoy
encontrando el idioma
que tenemos en común.
Con todo eso, con los bordes y las grietas,
con la impuntualidad y el silencio mal ubicado,
me parece que he hecho lo que pude
con los materiales que me dieron.
Y algunos días eso es suficiente.
Algunos días, incluso, es bastante más que eso.
***
XII. PAUSA
A veces no pasa nada
y eso también es un poema.
La tarde fue solo tarde.
El domingo sin historia.
El momento en que respiraste
sin que el respirar significara nada
más que respirar.
Eso también existe.
Eso también merece ser dicho.
***
XIII. LAS MANOS DE LOS VIEJOS
Las manos de los viejos son mapas.
Cada arruga es un camino recorrido.
Cada mancha es un año de sol,
de trabajo, de sostener cosas
que ya no están pero que dejaron huella.
He mirado las manos de mis abuelos
con la reverencia con que se miran
los documentos importantes.
Con el cuidado de quien sabe
que está frente a algo
que no volverá.
Esas manos construyeron casas.
Cosieron ropa en máquinas de pedal.
Amasaron pan antes del amanecer.
Escribieron cartas a mano
porque el teléfono era un lujo
y las palabras escritas
tenían que durar más.
Esas manos también acariciaron.
También tuvieron miedo.
También se abrieron vacías alguna vez
y no supieron qué pedir.
Miro mis propias manos y pienso:
todavía están aprendiendo.
Todavía son manos en borrador,
manos que no han acumulado
suficiente historia como para leerlas.
Un día alguien mirará estas manos
y verá lo que yo no puedo ver aún:
todo lo que cargaron,
todo lo que soltaron,
todo lo que eligieron sostener
hasta el final.
***
XIV. BORRADOR DE DESPEDIDA (SIN DESTINATARIO)
No es para nadie en particular.
O es para todos.
O es para esa persona que aparece en los sueños
y que tiene varias caras
y ninguna del todo.
Hay cosas que no supe decirte.
Las estoy diciendo ahora
en este espacio sin nombre
donde caben todas las despedidas
que no llegaron a tiempo.
Te digo: estuviste bien.
Te digo: hiciste lo que pudiste con lo que tenías.
Te digo: los errores que cometiste
no fueron tu definición completa,
solo fueron los errores,
y los errores no agotan a nadie.
Te digo también: te extraño
de esa manera rara en que se extraña
lo que no fue del todo,
lo que estuvo cerca pero no llegó,
lo que fue tan breve que casi no cuenta
pero que conta igual, que cuenta siempre,
que sigue contando.
Esta carta no tiene sobre.
No tiene dirección.
Viaja sola por el aire
buscando a quien le corresponda.
Si es tuya, ya lo sabes.
Si no, devuélvela al viento.
El viento sabe adónde llevar
las cosas que no tienen dueño todavía.
***
XV. SOBRE LA GRATITUD
Hay días en que el simple hecho de estar vivo
parece un privilegio inmerecido.
El sol en la ventana por la mañana,
específico y gratuito,
sin pedirte nada a cambio,
sin preguntarte si te lo mereces.
El café. El pan. El agua fría.
Las cosas pequeñas que dan forma al día
y que son tan cotidianas
que hemos dejado de verlas
como lo que son:
milagros en escala reducida.
Tengo gratitud por las personas
que sin proponérselo
dijeron exactamente lo que necesitaba oír
en el momento exacto en que lo necesitaba.
No lo saben. Nunca lo sabrán.
Pero cambiaron algo.
Pero dejaron marcas.
Tengo gratitud por los libros
que me dieron compañía
cuando la compañía era lo más difícil de encontrar.
Por los autores que escribieron solos, en silencio,
sin saber que años después
alguien como yo iba a necesitar
exactamente esas palabras.
La gratitud no es deuda.
Es reconocimiento.
Es decir: esto existe y es bueno
y yo fui afortunado de cruzarme con ello.
Que el universo me haya puesto aquí,
en este cuerpo, en este tiempo,
con estos ojos para ver
y estas manos para escribir:
no sé si tiene sentido,
pero sé que tiene algo.
Y ese algo, hoy, es suficiente.
***
XVI. RETRATO DE UN HOMBRE QUE ESPERA
Hay en las estaciones de tren
un hombre que siempre espera.
No es el mismo hombre.
Son todos los hombres que esperan.
Tiene una maleta pequeña o no tiene nada.
Mira el reloj o mira el suelo.
Tiene café en la mano o tiene las manos vacías.
Pero espera. Siempre espera.
La espera es una de las actividades
más antiguas del mundo.
Antes del lenguaje, esperábamos.
Esperábamos que amainara la lluvia,
que volviera el que fue a cazar,
que el fuego durara hasta el amanecer.
Esperar es un acto de fe.
Dice: creo que algo va a llegar.
Dice: el tiempo que pasa
no es tiempo perdido
sino tiempo acumulado,
tiempo que se va llenando
de la cosa que esperamos.
El hombre en la estación no sabe
que es hermoso estar esperando.
No sabe que hay algo de antiguo en él,
de humano fundamental,
de gesto repetido por millones
en millones de estaciones distintas.
Solo sabe que espera.
Solo sabe que todavía no ha llegado
lo que tiene que llegar.
Y eso, por ahora, es suficiente razón
para quedarse.
***
XVII. NOCTURNO DEL QUE NO SABE DESPEDIRSE
Me cuesta irme.
En las puertas me demoro.
En los finales busco prolongaciones.
En las despedidas invento
una última cosa que decir
para estirar el tiempo
que ya está terminando.
No es miedo al después.
Es amor al mientras.
El mientras es donde vivimos.
El después es solo la siguiente mientras.
Pero en la puerta, en el límite,
el mientras se vuelve transparente,
se puede ver a través de él
y ver que tiene fin
y que el fin está ahí,
concreto, inmediato, esperando
que yo me decida a cruzarlo.
He aprendido que las despedidas
son también una forma de honrar.
Despedirme bien de algo
es decir que ese algo importó.
Que no salgo corriendo
porque no tengo tiempo,
porque lo que hubo aquí
no merece tiempo.
Así que me demoro en las puertas.
Me quedo un momento más.
Busco esa última cosa que decir.
No es incapacidad.
Es el único modo que he encontrado
de decirle a lo que termina:
estuviste aquí y yo lo supe.
Estuviste aquí y tuve la dignidad
de no salir corriendo.
***
XVIII. LA BIBLIOTECA
Hay una biblioteca en mí
construida de todo lo que he leído.
No es ordenada.
Cervantes está cerca de un manual de cocina.
Un poema de Neruda toca el hombro
de un libro de física cuántica
que no entendí del todo
pero que me dejó la sensación
de que el universo es más raro
y más maravilloso de lo que parecía.
Los libros se leen de muchas maneras.
Algunos se leen con el cerebro.
Otros se leen con el estómago.
Algunos te cambian en un verso.
Otros te cambian en trescientas páginas
y solo te das cuenta después,
cuando ya eres diferente
y no recuerdas bien el momento exacto
en que cambiaste.
He tenido amigos que son libros.
He tenido libros que son más amigos
que muchas personas que conozco de carne y hueso.
Un libro nunca está de mal humor.
Un libro no te juzga si llegas tarde.
Un libro espera.
Un libro es el único lugar del mundo
donde el tiempo es completamente tuyo.
Cuando yo me vaya
la biblioteca se irá conmigo.
Todo lo que esos libros me hicieron,
todo lo que me enseñaron,
todo lo que me quitaron y me dieron:
morirá con este cuerpo
que fue el único lugar
donde esa biblioteca específica
pudo existir.
Eso me parece hermoso y terrible.
Eso me parece la definición exacta
de lo que significa ser humano.
***
XIX. HERENCIA
No heredaré tierras.
No heredaré joyas ni dinero.
Heredero de maneras.
La manera de mi madre de reírse
cuando algo le parece demasiado absurdo para tomarse en serio.
La manera de mi padre de estar
en las conversaciones difíciles:
quieto, sin huir, sin prometer más de lo que puede cumplir.
Heredero palabras.
Las que usaban y las que no usaban.
Los silencios específicos de mi familia,
que son distintos de todos los silencios del mundo,
que tienen un idioma propio
que solo nosotros entendemos.
Heredero miedos también.
Los heredamos todos.
Los miedos pasan de mano en mano
como los apellidos,
como las facciones,
como esa manera de torcer la boca
cuando algo no te convence del todo.
Pero también se hereda el valor.
El valor pequeño, cotidiano,
el de levantarse después de caer
sin hacer demasiado drama,
el de seguir queriendo
aunque querer sea a veces
la cosa más arriesgada que existe.
Eso es lo que recibiré.
Eso es lo que, si tengo suerte,
dejaré también:
no propiedades, ni cuentas bancarias,
sino maneras.
Maneras de estar en el mundo
que lleven algo de mí
mucho después de que yo
haya dejado de estar.
***
XX. UMBRAL FINAL
Y al final todo regresa al umbral.
A ese espacio entre dos lugares
que no es ninguno de los dos.
Que es la transición misma,
el movimiento,
el instante de cruzar
que dura menos que un parpadeo
pero que lo contiene todo.
He vivido en los umbrales.
Entre lo que fui y lo que soy.
Entre lo que soy y lo que quiero ser.
Entre el amor que terminó
y el que todavía no llegó.
Entre la persona que era ayer
y la que seré mañana
si tengo la fortuna de serlo.
Los umbrales no son lugares de miedo.
Son lugares de posibilidad.
Eres, por un instante,
todo lo que dejaste atrás
y todo lo que viene al mismo tiempo.
Por eso escribo.
Porque escribir es vivir en el umbral.
Es estar entre lo que se siente
y lo que se puede decir.
Entre lo que fue
y la versión de ello que cabe en palabras.
Siempre hay algo que se pierde en la traducción.
Siempre hay algo que, al traducirse,
se vuelve más real que el original.
Eso es lo que busco cada vez.
Esa pequeña ganancia del poema.
Ese instante en que el umbral
se vuelve territorio,
en que el entre
se convierte en aquí,
en ahora,
en esto que estás leyendo
y que de algún modo,
misteriosamente,
también es tuyo.
***
EPÍLOGO
Lo que queda después de los poemas
Los poemas terminan pero no se van. Se quedan en algún lugar entre el papel y el ojo del que lee, en ese espacio donde el lenguaje se vuelve experiencia y la experiencia se vuelve algo que no tiene nombre pero que reconocemos.´
Si alguno de estos veinte poemas te acompaño aunque sea por un párrafo, si alguna línea te recordó algo que no sabías que recordabas, si alguna imagen te hizo detenerte un segundo en tu lectura, entonces el poemario cumplió lo que un poemario puede cumplir.
No busco que estés de acuerdo conmigo. Busco que algo en ti haya resonado con algo en estas páginas. Que hayamos sido, por un momento, contemporáneos en una emoción. Eso es lo que la poesía puede hacer que muy pocas otras cosas pueden: hacer que dos personas que nunca se conocerán sientan lo mismo, al mismo tiempo, cada una en su propia soledad, cada una en su propio umbral.
Gracias por cruzar este camino conmigo.
NOTAS DEL AUTOR
Todos estos poemas son ficción construida sobre verdades. Ninguna autobiografía debe ser tomada al pie de la letra, y ninguna invención debe ser descartada por inventada. La poesía no distingue entre lo vivido y lo imaginado. Tampoco debería el lector.
UMBRALES fue escrito de una vez, sin pausas, como los ríos bajan cuando saben adónde van. Todos los umbrales, todos los tiempos.