Hoy te escribo desde este rincón donde todo es agua y sombra.
He aprendido que tu llegada es como la lluvia lenta:
hasta que todo mi mundo flota
y me descubro naufragando en mí mismo.
A veces te odio, fuego callado;
ardes en mi pecho cuando la nostalgia sopla,
me consumes como a un leño indefenso,
y aunque intento evitarte,
tu calor revela
las cenizas de lo que fui
y el resplandor oculto de lo que puedo ser.
Te confieso que durante mucho tiempo
temí a la sombra de tus brazos,
huí del silencio
y preferí refugiarme
en la luz ajena.
Pero tus sombras me siguen, se alargan,
y al final, descubro que en ellas
puedo leer mi forma más verdadera.
Hoy comprendo tu lección antigua.
Que a veces la sombra es abrigo,
el fuego transfigura lo que toca
y el agua limpia hasta los huesos del pasado.
Que solo en tu presencia
se revelan los secretos del abismo
y la metamorfosis ocurre
cuando dejo de luchar contra ti.
Así, soledad, cuando llegas como agua
te dejo inundar mis días,
cuando ardes como fuego
dejo que quemes mis máscaras,
cuando oscureces como sombra
abrazo la noche para descubrir lo que brilla detrás.
Gracias por enseñarme
que el viaje a través de ti
no destruye, purifica;
que hay calma después de la tormenta,
luz después del incendio,
y raíz bajo cada sombra.
Aquí estoy,
habitante de tus aguas,
caminante en tus incendios,
y a veces,
nómada de mis propias penumbras.
Ya no huyo.
Al fin acepto tu carta
y firmo la respuesta
con mi nombre recién nacido
en la corriente del ahora.
Con gratitud y temblor,
Tu aprendiz de sombra, fuego y agua.
