donde el silencio es mar
y cada piedra bajo mis pasos es memoria
palabras flotando como polvo en la luz de la tarde,
no hay nadie,
no hay ruido,
solo el temblor pulido de mi alma buscando abrigo.
Es entonces
que me descubro exiliado de todos,
incluso de mí.
He dedicado años al rumor ajeno,
al roce necesario,
al miedo a quedarme solo
en este cuarto sin ventanas.
Pero la soledad,
tan áspera y tan tibia,
coloca su mano sobre mi hombro
y no pregunta:
ella abre la herida
y también la cura.
Su intimidad es una isla
donde la única compañía es mi sombra
y el diálogo es pura desnudez.
En la profundidad estancada
me quiebro como una rama seca,
y en esa ruptura germina el milagro:
de cada esquirla brota una raíz,
de cada dolor una pregunta:
¿Quién soy sin el ruido?
¿Quién queda
cuando el mundo se retira
y la costumbre se hunde
como un barco condenado al silencio?
Lloro,
me detengo,
me acuno en el temblor,
no huyo.
La soledad,
prisión y refugio,
me enseña la arquitectura del vacío:
es templo
y también precipicio.
Hay un momento,
quieto y oscuro,
en que la piel aprende a respirarse,
en que el miedo muta en belleza
porque nada oculta ya.
Romperse no es morir,
dijo la mariposa en sus alas de ceniza,
sino aprender el vuelo
donde parecía imposible avanzar.
La transformación se revela en la quietud:
es aprender a mirar sin buscar respuesta,
es quedarse cuando nadie sostiene,
es habitar las ruinas
y construir en el suelo la promesa de lo nuevo.
De pronto,
surge la calma inesperada,
tímida como el brote en invierno.
No es triunfo,
no es olvido,
es el milagro de estar en paz
tras la tempestad de mi propio abismo.
El mundo gira,
los días marchan,
la soledad se vuelve respirable.
Ahora soy
cauce y agua,
vacío y semilla:
la soledad es mi maestra,
y la transformación
el lenguaje secreto
de los que aprendimos a habitar el silencio
y convertirlo en hogar.

