En la ventana, esto es todo.
es el color que intentó el amarillo
antes de rendirse ante el verde.
Un amarillo con dudas.
Una indecisión que resulta perfecta.
Su olor llena el cuarto despacio,
sin prisa, como todo lo que dura.
A miel, a algo antiguo,
a esa categoría de olor
que llega directo a un lugar del cerebro
donde están guardadas cosas
que no recordabas que recordabas.
Mi abuela hacía dulces de frutas.
Todos tenemos a alguien
que hacía dulces color dorado.
Es una de las cosas que nos une,
ese hilo amarillo y espeso
que nos conecta hacia atrás.
Los voy a dejar en el frutero
hasta que se pongan blandos.
No voy a hacer nada con ellos.
Solo tenerlos.
A veces tener es suficiente.
A veces el poema es solo esto:
tres membrillos, noviembre, una ventana.
