los hombres mayores beben café con leche
como si el papel fuera una forma de resistencia,
que quizás lo es.
El camarero sabe los nombres de todos
y los pedidos de todos
y sabe también cuándo alguien
no quiere que le pregunten cómo está.
Ese saber es un don que no se enseña.
La televisión del fondo pone noticias
que nadie mira pero que todos oyen.
El mundo continúa su asunto habitual
de desastres y elecciones y precios que suben.
Aquí dentro el café cuesta lo mismo que siempre.
Hay una mesa cerca de la ventana
donde me siento a veces sin pedir nada
y miro la calle mojada
y la gente que pasa con sus paraguas de colores,
cada uno en su propia historia impermeable,
y pienso que este bar
es una de las pruebas más sólidas
de que vale la pena estar aquí.
