con los ecos de las voces que regatean.
Cada objeto abandonado espera en su puesto:
un reloj que ya no late, una foto de novios sin nombres.
pero lo que realmente se intercambia son memorias.
El vendedor no ofrece solo chatarra,
sino los pedazos de una vida que ya no es.
Un niño mira con asombro una cámara antigua,
mientras un anciano acaricia un disco de vinilo.
En este lugar, el tiempo es un río quieto
donde los recuerdos flotan a la deriva.
Al caer la tarde, cuando las sombras se alargan,
cada transacción se siente como un pequeño adiós,
un desprenderse de un peso invisible
o el hallazgo de un tesoro que nadie más veía.

