pero desgarran lo que fuimos por dentro—
aquellas donde quien clava el puñal
termina culpando a la carne de abrirse,
donde el traidor señala con dedo acusador
el corazón que él mismo destrozó.
mensaje oculto tras mensaje oculto,
justificación tras justificación fabricada—
cada engaño fue una elección consciente,
cada silencio cómplice, una decisión:
su deseo pesó más que tu mundo entero.
Y cuando la verdad ya no pudo esconderse,
cuando la mentira colapsó bajo su propio peso,
comenzó el segundo acto de esta tragedia:
la alquimia perversa de convertir su culpa
en tu supuesta exageración.
"Fue solo un error", susurra,
como si la magnitud del terremoto
la midiera quien lo causó, no quien quedó en ruinas.
"¿Todavía con eso?", pregunta con fastidio,
como si el tiempo de sanación lo dictara
quien infligió la herida, no quien sangra.
"Tú me empujaste a esto", declara,
y la traición muta en consecuencia inevitable,
el veneno se transforma en medicina amarga,
la puñalada en defensa propia.
Sus lágrimas no son por el daño causado
sino por la injusticia de ser descubierta,
por la crueldad de ser confrontada,
por el atrevimiento de que la verdad la señale.
Y tú—oh, tú que amaste con manos abiertas—
comienzas a dudar de tu propia cordura:
¿Estaré exagerando mi dolor?
¿Tendrá razón en que merecí esta traición?
¿Será mezquino seguir sangrando?
Así, en este teatro del absurdo,
quien merece disculpas termina ofreciéndolas,
quien necesita consuelo termina consolando,
quien tiene derecho a la rabia
termina sintiéndose culpable de sentir.
Esta es la victoria de la manipulación:
convertir a la víctima en su propio verdugo.
Qué pobreza del alma se requiere
para mirar a quien te amó con sinceridad
y devolverle indiferencia envuelta en reproche.
Qué miseria más profunda se necesita
para tomar la confianza como basura,
el amor como moneda de cambio,
y después después negarse a reconocerlo,
construir narrativas donde la culpa
siempre habita en territorio ajeno.
Pero escucha, tú que cargas esta herida invisible:
Tu dolor no es exageración—es justicia.
Tu exigencia de respeto no es debilidad—es dignidad.
Tu negativa a minimizar no es rencor—es claridad.
No es amor aquello que te obliga
a traicionar tu propia verdad
para sostener la comodidad
de quien traicionó la tuya sin pestañear.
La salida comienza con un acto radical:
nombrar las cosas por su nombre verdadero.
No con la voz temblorosa de quien duda,
sino con la voz firme de quien sabe
que el dolor ante la traición es legítimo,
que la confusión ante la manipulación es comprensible,
que la rabia ante la injusticia es sagrada.
Porque al final, la verdadera miseria
no está en cometer errores—
esos son tan humanos como respirar—
sino en la cobardía de no mirarlos de frente,
de construir víctimas para no verse como victimario,
de necesitar culpables para no reconocerse culpable.
Y quien vive así, quien habita esa oscuridad,
no está lista para amar a nadie.
Ni siquiera a la persona que ve en el espejo
cuando nadie más está mirando.
