La distancia no es solo un mapa, un número contado en kilómetros y horas de vuelo. Es el silencio que se cuela en la tarde, cuando la voz que busco no cruza el umbral. Es una sed insaciable de lo simple, un café compartido, una mirada al pasar. La distancia es, más que nada, una medida del alma, el espacio entre el "estar" y el "querer estar". El corazón se vuelve un tambor solitario, marcando el ritmo de un tiempo que no sabe esperar.
Y sin embargo, en este hueco que el mundo ha dejado, florecen puentes invisibles, hilos de recuerdo. Cada estrella que miro se vuelve un faro, un punto en el cielo donde tu luz y la mía convergen. La memoria es el arma más fuerte contra el olvido, dibuja tu rostro con trazos de luz persistente. El dolor de la ausencia se templa, se vuelve latido, un eco profundo que me hace saber que estás presente.
Aprendo a amar en la espera, en el viento que trae tu nombre, en la promesa que sostiene el hilo de la llamada. La paciencia se viste de arena y se vuelve un hombre que siembra fe en la orilla, esperando la marejada. No es la lejanía quien vence, sino el olvido, el desgano, la tibieza de un afecto que se deja apagar. Si la voluntad es un sol en mi mano, esta distancia, al final, no podrá sino menguar.
Así, el adiós se convierte en un paréntesis breve, no en un punto final que sentencia la historia. Sostengo tu recuerdo como un secreto que me mueve, y marco en el calendario el día de nuestra victoria. La distancia será solo la anécdota, el camino, el crisol donde se forjó este amor, fuerte y tenaz. Esperaré a que la ruta te traiga a mi destino, y que este vacío se llene por fin de paz.
