El año que me pertenece


Hoy detengo el curso del tiempo,
me vuelvo hacia mi propio centro,
a reconocer la lumbre indómita
que siempre ha habitado mi aliento.

No fue el azar quien trazó mi ruta,
ni el golpe de gracia de algún destino;
llegué porque el alma, aun en la derrota,
se hizo un altar para seguir el camino.

Conocí noches de un negro absoluto,
donde la esperanza era un eco extraviado,
y el horizonte, una pintura desierta
donde el sueño parecía haberse borrado.

Mas me alcé de las cenizas del ruego,
una y otra vez, contra el muro y la piedra;
con las manos teñidas de barro y de lucha,
y el pecho prendido a una fe que no cede.

Comprendí que el yerro no es el abismo,
sino el trazo curvo que el alma dibuja,
la cicatriz necesaria y sagrada
que al mapa de mi vida, sentido le ajusta.

Aprendí que el auxilio es la luz que nos salva,
que la vulnerabilidad es mi más puro ropaje,
que somos humanos en la entrega al otro,
y que el amor es el puerto tras cada viaje.

Tesoro hallé en rostros que valen más que el oro,
en ese abrazo que fue bálsamo y brújula,
que sostuvo mi peso en la tarde sombría
cuando la soledad se tornaba minúscula.

Hoy, en el santuario de mi silencio,
bendigo a quienes fueron mi eco y mi amparo,
a los que vieron en mí la cosecha
cuando yo solo veía el invierno más raro.

Pero me abrazo a mí mismo, con pulso de acero,
con el orgullo que nace de haber resistido,
por ser mi testigo, mi guía y mi sombra,
por no haber dejado mi lado en el olvido.

Porque el mañana es un océano virgen,
hay cumbres que aguardan mi huella divina,
sueños aún sin bautismo de tinta,
y una luz que en mis venas hoy se avecina.

Siento el incendio de lo que soy capaz,
vibra en el aire que lleno en mis pulmones;
hay un ser que aguarda tras el umbral,
superando todas mis propias visiones.

Este veinticuatro de julio que nace,
no es una cifra más en la cuenta del tiempo;
es el año en que rompo el cristal de mis miedos
y vuelvo mis sombras un solo movimiento.

Año de audacias, de saltar al vacío,
de decir que sí a lo que el alma teme,
de soltar la rienda y confiar en el vuelo,
donde el espíritu aprende y no teme.

Será el año de mi propia cura,
de ponerme al frente, como el capitán,
pues amarme es la forma más alta de avance
y el modo en que mis días florecerán.

Perseguiré el fuego que enciende mis horas,
sin pedir licencia, sin pedir permiso;
el crecimiento es mi derecho de origen,
y mi propia paz, mi único compromiso.

Miro hacia afuera: el límite es bruma,
lo que veo es luz, es camino, es verdad;
dejo la cruz del ayer en la orilla
y abrazo mi nueva, absoluta libertad.

Respiro el futuro con fe inquebrantable,
me lo prometo con voz de profeta:
viviré la intensidad con coraje y amor,
como cuando el primer sueño fue mi meta.

Sé que hoy el pasado supera al mañana,
mas no es una cuenta, es un sol que declina,
pues viviré este presente con tanta templanza
como aquella fuerza que el ayer ilumina.

Porque merezco el festín de lo bueno,
porque he sido guerrero en esta existencia,
hoy es mi día, mi inicio, mi todo:
el mundo comienza en mi propia esencia.

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Ricardo Abud (Chamosaurio)

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS.M.Sc.Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú.Estudios en, Union County College, NJ, USA. Miembro del Consejo Asesor y Representante en America Latina de la Revista Internacional Vigil Journal. Email: chamosaurio@gmail.com

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