ya no peleo con tus días ni discuto con tus recuerdos.
Te miro desde esta orilla cansado,
como quien ve alejarse un barco que fue suyo
y solo puede alzar la mano en silencio.
los que se quedaron un rato y los que se fueron deprisa.
Sus voces aún rozan mi memoria,
como ecos suaves en una casa vacía
donde todavía flota el perfume de lo vivido.
Siento que, gota a gota, algo en mí se disuelve.
Cada día, una pequeña lluvia cae sobre mi alma,
y va borrando contornos, dolores, culpas antiguas,
como si una mano invisible lavara el cristal
para que solo quedara la luz.
Sin embargo, hay recuerdos que no se rinden,
nombres que repito en silencio para que no se apaguen,
rostros que visito cada noche
como quien enciende una vela
en la capilla más honda del corazón.
Sé que la vida se está apagando,
lo noto en la forma en que el cuerpo se despide despacio,
en este cansancio que ya no protesta
y en esta calma que se sienta a mi lado
como una vieja amiga que toma mi mano.
No hay rabia en mi adiós, solo gratitud secreta:
por las risas que alguna vez rompieron la oscuridad,
por las lágrimas que me enseñaron a mirar mejor el cielo,
por cada abrazo que sostuvo mi invierno
y por cada error que me obligó a crecer.
Si todo termina en silencio, que sea un silencio lleno,
poblado de los pasos que di,
de las miradas que amé,
de las palabras que no dije pero sentí hasta los huesos.
No quiero llevarme nada, salvo la paz de haber vivido.
Y si existe un lugar más allá de este ocaso,
ojalá me reciba como se recibe a un viajero cansado:
con agua fresca para el alma
y un rincón tranquilo donde descansar
mientras vuelvo a encontrar a quienes amé.
Hasta entonces, vida, te escribo esta carta
no para reprocharte, sino para despedirme despacio.
Puedes seguir tu curso sin mí;
yo cierro los ojos con la serenidad de quien sabe
que incluso en la última sombra
aún queda un resplandor de amor.

