Después del temblor


La tierra gritó,
y el país entero aprendió
que el silencio también puede quebrarse.

Las montañas inclinaron la cabeza,
las calles respiraron miedo,
y Venezuela vistió de polvo
los nombres de quienes aún buscaban respuestas.

Sin embargo,
entre los escombros
brotaron manos que no preguntaron a quién salvar,
abrazos que desafiaron el miedo,
ojos que hicieron del dolor
una patria compartida.

Pero no todas las ruinas
las construyó la naturaleza.

Mientras el suelo insistía en moverse,
mi corazón buscaba un latido.

No pedía milagros,
solo una certeza.

Y tuvo que ser una voz ajena,
una complicidad nacida fuera del mapa de nosotros,
la que encontrara un camino
hasta esa puerta escondida
por donde jamás debí entrar.

La puerta de atrás.

La que se abre
cuando ya no queda dignidad
para recibir de frente
a quien solo quería saber
si aún respirabas.

Después llegaron las palabras.

Llegaron tarde.

Con el olor inconfundible
de las verdades maquilladas,
de las excusas aprendidas,
de las mentiras
que siempre encuentran tiempo
para vestirse de inocencia.

También entendí
que existen voces
que no acompañan:
erosionan.

Compañías que no solo alejan de alguien,
sino que consiguen el prodigio más triste:
apartar a una persona
de sí misma,
hasta que termina creyendo
que el eco de otros
es su propia voluntad.

Entonces comprendí
que algunos terremotos
no parten la tierra.

Parten la confianza.

No derriban edificios.

Derriban el lugar
donde uno había decidido vivir
con el alma.

Y cuando todo termina,
cuando las réplicas se cansan
y el polvo vuelve a caer sobre el mundo,

queda una pregunta
que ningún sismógrafo registrará jamás:

¿En qué momento
el amor dejó de sostener la casa
y permitió
que el asco ocupara su lugar?

Quizá ese fue
el único derrumbe
del que nunca podremos rescatar nada.

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Ricardo Abud (Chamosaurio)

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS. M.Sc.Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú. Estudios en, Union County College, NJ, USA. Email: chamosaurio@gmail.com

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