su ojo ciclópeo barre la negrura infinita.
Es un mantra de luz en la noche feroz,
un susurro de calma para el mar enfurecido.
Los marineros, perdidos en la inmensidad,
no ven solo un haz que corta la niebla.
Ven un pulso constante, una promesa de tierra,
la prueba de que alguien, en algún lugar, vela.
En su torre de silencio y viento,
el guardián anota la fecha en un libro gastado.
Su soledad es tan vasta como el océano,
pero su luz es un abrazo para todo aquel que flota.
Y aunque la tecnología lo haya vuelto obsoleto,
su llama permanece, testaruda y humana,
porque a veces la esperanza no necesita ser eficiente,
solo necesita estar ahí, constante y fiel.
