palabras que naufragan en un mar de espejos.
El médico pronuncia nombres que no existen,
fenómenos inventados, diagnósticos ajenos.
cada fragmento refleja una verdad distinta:
¿Quién roba a quién la imagen de lo humano
cuando la enfermedad borra toda huella impresa?
Hay monstruos que habitan en arterias extrañas,
criaturas que danzan en la sangre perdida.
Me llaman por un nombre que ya no reconozco,
y cada vez que vuelvo, mi rostro es otra vida.
La locura profesional, vestida de bata blanca,
autoriza el caos, legitima el tormento.
No puedo mentirle a un niño —repito como mantra—
mientras mi propia cara se disuelve en el viento.
¿Qué frecuencia extraña palpita en estas venas?
Busco en el espejo algún rastro de cordura,
pero solo encuentro el eco de una voz vacía.
Me olvidan cada vez que cruzo aquella puerta,
como si mi existencia fuera apenas un soplo.
El doctor se inventa mi cuerpo cada tarde,
y yo, exhausta, pierdo pedazos de mi rostro.
