Poemario II, Ecos de la Piel y el Viento


Ecos de la Piel y el Viento
A mi madre amada

Dedicatoria:  "A mi madre, que fue mi primer verso antes de que yo supiera escribir. Este libro no es más que el eco de tu voz y la fuerza que me heredaste. Gracias por enseñarme que la vida, a pesar de todo, siempre es poesía."
El Universo en la Palabra Rota

Prólogo

Todo libro de poemas es, en esencia, un mapa de cicatrices y milagros, un relicario donde la vida, despojada de su prisa cotidiana, se sienta a dialogar consigo misma. Este volumen, que hoy tienes entre manos bajo el título Ecos de la Piel y el Viento, no es la excepción. Es una bitácora sensible, una travesía tejida con el hilo fino de la observación y el pulso tembloroso de la emoción.

Aquí el lector encontrará dos corrientes inseparables. Por un lado, la Piel: la experiencia íntima, el amor que nace y el amor que duele, la nostalgia de un recuerdo y la celebración del cuerpo como frontera de la existencia. Por otro, el Viento: lo intangible, la duda metafísica, el tiempo que se escapa, la naturaleza como espejo del alma y la búsqueda incesante de un significado que siempre se diluye.

El poeta no nos ofrece respuestas definitivas, sino preguntas bellamente vestidas. Nos invita a detenernos en el silencio incómodo de la medianoche o en la luz cegadora de una revelación. Leer estos versos es descalzarse y caminar por senderos donde la tierra es a veces firme consuelo y otras, arena movediza.

Espero que cada poema sea una pausa necesaria, un eco que resuene en tu propia piel y que te impulse a seguir el viento de tu propia búsqueda. Abre estas páginas sin expectativa, solo con la disposición de un caminante que acepta la lluvia y el sol por igual.

Introducción

Escribir es, a menudo, un intento de atrapar el agua entre las manos. En estas páginas no se busca la quietud, sino el reconocimiento de la corriente. Este poemario es un viaje que comienza en la memoria del origen, esa herencia líquida que nos conforma,  y atraviesa las ciudades de hierro, los relojes de sal y las casas donde el silencio ha dejado de ser una ausencia para convertirse en un habitante más.

Aquí, el cuerpo no es solo carne; es un archivo de caricias y fracturas. A través de estos versos, me permito habitar la espera, interrogar a la tristeza que se sienta a nuestra mesa y, finalmente, comprender que la ceniza no es el fin del fuego, sino su última y más honesta promesa. Al final de este recorrido, el lector no hallará respuestas absolutas, sino una certeza luminosa: que en el epicentro de todo temblor, siempre nos aguarda nuestra propia orilla.

I. La Memoria del Agua

El agua no olvida su origen. 
Conoce la montaña donde fue nieve, 
el arroyo que la llevó en su prisa, 
el río que la hizo caudal.

Recuerda el tacto de la lluvia sobre 
la piel reseca de la tierra, 
la sal del mar en cada ola, 
la quietud del lago bajo la luna.

Ella guarda en su transparencia 
el lamento de los naufragios, 
la risa de los niños en verano, 
el peso de las piedras en el fondo.

Y aunque se evapore y sea nube, 
o se congele y sea cristal, 
lleva consigo la memoria de lo que fue.

Nosotros, hechos de tanta agua, 
¿por qué insistimos en olvidar 
nuestra propia corriente, 
el origen de nuestra sed?

***

II. El Reloj de Sal

No es el tiempo el que corre, 
somos nosotros, descalzos 
sobre el vidrio molido de la costumbre.

El minutero dejó de medir 
la prisa y ahora solo cuenta la sal 
que se desprende de la mirada 
al recordar.

Un día tiene las horas de un 
parpadeo y un año, la duración 
de una lágrima. 
Mi infancia es una foto en blanco y negro, 
el presente, una arena rojiza que huye.

¿Dónde reside la vida que 
se nos fue si el futuro es apenas una 
promesa y memoria, un reloj sin cuerda
 que solo funciona con el pulso del dolor?

***

III. Anatomía de la Espera

Tengo el cuerpo configurado 
para el regreso, cada poro es 
una antena tensa a la que 
no llega tu señal.

La espera no es un verbo, 
es un órgano que late con ritmo propio, 
un músculo que duele sin aviso.

Vivo en el intermedio de dos silencios, 
el que dejaste y el que dejo yo 
para oír el crujido de tu llave en la cerradura.

Y sé que la espera es inútil, 
que no hay mar ni puerto donde anclar este deseo. 
Pero mis manos siguen tejiendo el aire 
con la forma exacta de tu abrazo.

***

IV. Ciudad sin Nombre

Asfalto gris. Cemento. 
Ruido de sirenas. 
Miles de rostros apurados y ciegos, 
cada uno llevando un pequeño 
dios muerto en el bolsillo interior del abrigo.

Esta ciudad es una suma 
de soledades conectadas por cables 
de fibra óptica donde nadie 
se toca de verdad.

Yo, un punto en el mapa 
de la desesperanza, miro 
las luces artificiales creyendo ver estrellas. 
Y comprendo que la verdadera 
selva es está, hecha de hierro y de olvido.

***

V. El Lenguaje del Árbol

El árbol no habla, pero susurra. 
Su tronco, rugoso, es el diario 
de cien inviernos y cien primaveras.

Él conoce la paciencia vertical, 
el arte de soltar lo que ya fue (la hoja amarilla)
 para hacer espacio a lo que será (la yema).

Su raíz es una promesa al 
centro de la tierra. Su copa, 
una oración al infinito azul. 
No pide nada, solo que la savia suba 
y que el sol no olvide su cita diaria.

Si aprendiéramos su idioma 
el de la quietud, el de la firmeza dócil, 
quizá sabríamos cómo habitar el mundo.

***

VI. Certeza

La única verdad es la fractura. 
Que lo bello es siempre breve, 
como la flor que abre un solo día.

Que el amor es un incendio 
que necesita cenizas para 
volverse recuerdo.

Que no hay Dios en la respuesta, 
sino en la pregunta abierta y sostenida.

Y que tú y yo, ahora, 
en este instante donde la luz 
nos toca de costado, 
somos un temblor hermoso, 
un error que la eternidad celebra.

***

VII. El Visitante Nocturno

La tristeza no golpea la puerta. 
Entra con sigilo, como el humo. 
Se sienta a la mesa y pide café.

No habla de lo que duele, 
solo señala los objetos: la foto sin marco, 
el libro a medio leer, la silla vacía frente a mí.

Y comprendo que ella no es el dolor, 
sino la sombra fiel que el dolor proyecta. 
El testigo que no miente sobre 
el hueco que dejaste al irte.

La sirvo, bebo mi café helado, 
y espero, sin prisa, que la mañana 
la disuelva un poco, como una 
pastilla en el vaso de la vida.

***

VIII. De la Piel como Archivo

En mi cuerpo no hay solo sangre y hueso. 
Hay la temperatura exacta de tu mano, 
la cicatriz del día en que decidimos ser dos, 
el mapa de pecas que juraste memorizar.

Cada arruga es el pliegue de 
una carta no enviada. Cada cabello blanco, 
el testigo de una tregua.

Soy un archivo viviente de caricias 
y agravios, un pergamino donde 
el tiempo escribió a ciegas su mejor historia.

Míranos. Somos la arqueología del presente.

***

IX. Epifanía en el Mercado

Entre el olor a cilantro y el grito de la fruta, 
entre la prisa de las compras y la moneda exacta, 
vi a un niño soltar un globo rojo.

Y en ese ascenso lento, vertical, 
de un punto de color escapando 
del gentío, comprendí todo:

La vida es esa ligereza que se va, 
ese capricho que nadie puede atar. 
Y nosotros, los que miramos desde abajo, 
somos solo la tierra que lo suelta.

***

X. Instrucciones para la Ceniza

Cuando ya no quede el fuego, 
solo el rastro fino, la ceniza, 
no intentes revivir la llama.

La ceniza no es el final. 
Es el resumen de todo lo ardido, 
la prueba alquímica de que existió calor.

Guárdala en un cuenco de cerámica, 
y un día, riégala en la tierra. 
Verás que de la muerte del fuego 
nace una nueva quietud. 
La ceniza es promesa: 
es abono del olvido para la flor 
del siguiente comienzo.

***

XI. El Primer Verso

El primer verso no se escribe, se respira. 
Es el punto de quiebre donde 
el silencio se harta de su propia inmensidad.

No viene de la mente, sino del hueco, 
del espacio entre dos latidos, 
de la astilla clavada en el centro del alma.

Es un grito mudo que pide cuerpo, 
una luz que exige sombra. 
El primer verso es siempre el último recurso,
 la palabra que salva al poeta de la 
tarea imposible de callar lo que es.

El Silencio No Duele
Al principio no duele el silencio,  
es la inercia lo que muerde,  
la pausa donde habitabas  
se llena de muebles ausentes:  
sillas expectantes,  
una taza huérfana de conversación.

***

 XII. Arquitectura del Vacío

En la casa sin ti  
los relojes no marcan horas,  
son péndulos que acarician paredes  
y mecen tu ausencia.  
En cada esquina  
un eco tiembla;  
no es debilidad,  
es mi alma mudando de piel,  
deshaciendo la capa  
de lo que temía estar solo.

***

 XIII. Temblores

Tiemblo,  
no por frío,  
no por miedo,  
sino por todas las veces que me sostuve  
en tu sombra.  
Hoy el temblor es mi bautizo;  
del miedo nace el alba.

 ***

XIV. Costumbre

Duele más mirar al lado y no hallarte  
que la propia soledad perenne.  
Es la costumbre  
mi raíz y mi herida,  
succionando del aire  
tus palabras que ya no vienen.

***

 XV. Alma Expulsada

Me miro y no estoy:  
solo vestigios de rutinas,  
hábitos colgados en el perchero  
cómo abrigos de otra estación.  
El alma pulsa:  
su temblor es un grito  
bajo las aguas de la costumbre.

***

 XVI. Vacío Preexistente

Ese vacío en mi pecho  
no lo inventó tu partida,  
solo erigió una luz cruda  
sobre una ausencia milenaria,  
decorada por gestos,  
atenciones y promesas.  
Hoy me quedo conmigo,  
con esa sala amplia  
donde resuenan mis pasos.

***

 XVII. El Miedo a Quedarme

Nunca me enseñaron a quedarme:  
fui arquitecto de puentes,  
nunca de anclas.  
Al romperse mi mundo,  
no se destruye:  
empieza la mariposa  
a agitar sus alas  
entre los escombros.

***

 XVIII. La Calma

En medio del vacío,  
allá donde el miedo tiene su nido,  
una calma insospechada  
se posa suave como un pájaro.  
No es victoria ni olvido,  
es la fiel compañía  
de mi propia presencia.

***

XIX. El Alma que Despierta

Lo que tiembla dentro  
es el alma desperezando;  
se sacude la costra del miedo  
y exige su espacio,  
ruge su voz,  
y en ese estremecimiento  
se intuye mi verdad,  
mi fuerza finalmente libre.

***

 XX. Sostenerse

Se quiebra algo y no muero,  
se quiebra y me descubro:  
soy mi propia orilla,  
mi propio fuego.  
Hoy aprendo a quedarme,  
a ser refugio,  
a mirar la soledad cara a cara  
y ver en sus ojos  
el principio de mi calma.

***

Epílogo

Ecos de la Piel y el Viento

Hemos llegado al final de este camino, pero la poesía nunca termina. Un poemario es menos un libro cerrado y más una puerta entornada. Si al leer estas páginas sentiste un nudo en el estómago, una sonrisa breve o la punzada familiar de un recuerdo, la misión está cumplida.

La poesía no busca que entiendas, busca que sientas. Es la huella digital que la eternidad deja en el tiempo. Cada eco que se extingue ahora, en la última página, debe ser recogido por ti para convertirse en el viento que impulse tu propia travesía.

Cierra el libro. El silencio que sigue a la lectura es el verso más importante de todos, el que solo tú puedes escribir con tu vida. Vuelve a él cuando la piel te pese o cuando el viento te falte.

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Ricardo Abud (Chamosaurio)

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS. M.Sc.Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú. Estudios en, Union County College, NJ, USA. Email: chamosaurio@gmail.com

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