ríos de venas azules bajo piel de papel,
nudillos que crujían como ramas viejas
pero que amasaban el pan más suave del mundo.
trenzaron mi pelo cuando yo no tenía paciencia,
cosieron botones con hilos de historias
y secaron más lágrimas que pañuelos en su vida.
Tenían callos de fregar, de jardín, de rosario,
manchas de edad que ella llamaba "lunares del tiempo",
y cuando me tomaban la cara para bendecirme,
yo sentía que nada malo podría tocarme jamás.
Ahora que ya no están, busco sus manos en las mías,
en cada arruga nueva que el espejo me regala,
y aprendo a amasar pan los domingos,
torpe, pero con su receta escrita en mi memoria.
Porque las manos se heredan en gestos, no en genes,
y yo cargo las suyas cada vez que acaricio,
cada vez que curo, cada vez que creo algo,
cada vez que doy sin esperar nada a cambio.
