Para una bella joven que conocí, por casualidad. (de Ricardo para Karim)
Bienvenidos a este nuevo rincón de palabras. Hoy, día 24, inauguramos este nuevo hábito literario: un poemario de 20 piezas que marca el ritmo de lo que vendrá. Sin más preámbulos, les dejo la primera selección de este viaje que se repetirá mes a mes. Que estas palabras digan lo que el silencio no pudo. Gracias por ser parte de este inicio; espero que estos versos encuentren en ustedes el hogar que yo encontré al escribirlos.
PRÓLOGO
Hay silencios que no vienen solos. Llegan acompañados de temblores, de un viento interior que mueve cosas que uno creía fijas. Este poemario nace de ese estremecimiento: de la confrontación auténtica con la soledad, con la costumbre rota, con esa pregunta que se queda sin destinatario y aun así pesa.
Pero también nace de la revelación. Porque en el fondo del miedo, donde uno cree que solo hay oscuridad, aparece una luz mínima, persistente, que no pide permiso para existir. Ese resplandor es la calma. La calma que no borra el dolor, pero lo transforma; la calma que no llega cuando se supera la ausencia, sino cuando uno deja de huir.
Aquí tiemblan las palabras como tiembla el alma cuando empieza a despertar.
1. “El hueco que respira”
La ausencia no entró por la puerta.
No hizo ruido.
Solo se sentó en el sillón vacío
y respiró por primera vez en mi casa.
Desde entonces
todo lo que callo
tiene voz propia.
2. “Costumbres descalzas”
Las costumbres caminan descalzas
cuando falta quien las nombra.
Buscan pasos que ya no existen
y se deshacen como sal
sobre un suelo demasiado frío.
3. “La taza que recuerda”
Una taza quedó servida
aunque ya nadie la esperaba.
El vapor subió
como un fantasma tibio,
y entendí que a veces el duelo
es solo una rutina
que no quiere morir.
4. “La habitación aprende a pronunciar mi nombre”
Las paredes repiten mi nombre
con voz temblorosa.
Nunca lo habían dicho solas.
Antes tú lo hacías por ellas.
Ahora su eco me sostiene
aunque no sepa
cómo sostenerme yo.
5. “Los días sin testigo”
La risa cae al suelo
cuando no tiene testigo.
La alegría pesa más
cuando no hay quien la mire.
Y aun así,
la levanto.
Aunque tiemble, la levanto.
6. “Animal de pecho”
Dentro de mí
vive un animal que despierta
solo cuando todo se cae.
Hoy ruge,
me empuja las costillas,
me exige espacio.
Tal vez sea yo,
por fin
queriendo nacer.
7. “Sismo sin destrucción”
Creí que el temblor era final.
No lo era.
Era principio.
Era la tierra moviéndose
para acomodarse
a la verdad que evitaba.
8. “Grieta luminosa”
La grieta no duele;
lo que duele es la luz que entra.
No estaba preparada
para verme tan de frente,
tan sin máscara,
tan yo.
9. “El espejo sincero”
El espejo nunca mintió:
yo era quien no quería mirar.
Hoy lo hago,
aunque tiemble.
Estoy cansado de esconderme
de mí.
10. “El nombre que vibra”
Mi nombre tiembla en mi boca
como si fuera recién nacido.
Lo digo.
Lo repito.
Aprendo a ser
la persona que lo sostiene.
11. “Habitante nuevo”
La soledad se instaló
sin pedir permiso.
Puso su silla,
encendió la lámpara,
y dijo:
“Vamos a hablar de lo que evitas.”
Y hablamos.
12. “El hueco antiguo”
Descubrí que el vacío
no vino contigo.
Ya estaba.
Solo necesitó silencio
para mostrarse.
Y yo,
para escucharlo.
13. “El miedo sin nombre”
No sé si tiemblo por miedo,
por cansancio
o por memoria.
Solo sé que cada temblor
me devuelve un pedazo
de lo que perdí
en mi propio abandono.
14. “Lo que cae para salvar”
Hay partes de mí
que se caen
por miedo a quedarse solas.
Otras se caen
para que yo las encuentre.
Las segundas
son las que duelen más
pero curan mejor.
15. “Sostenerse sin manos ajenas”
El desafío no es la soledad:
es no correr.
No salir huyendo.
No dejarme caer
en los brazos de nadie
por miedo a sostenerme
con los míos.
16. “La calma es un animal lento”
La calma llega despacio,
como un gato desconfiado.
Se acerca,
huele el aire,
se sienta a mis pies.
No exige.
No promete.
Solo acompaña.
17. “Luciérnaga en el pecho”
En lo más oscuro
apareció una luz pequeña.
No iluminó el camino,
solo mi respiración.
Fue suficiente.
18. “La reconciliación”
Me quedé.
Por primera vez,
me quedé conmigo.
Y en ese gesto
el mundo dejó de temblar.
19. “La piel que vuelve a su sitio”
Sentí mi piel volver a mí
como quien vuelve de un viaje largo.
La recibí sin preguntas.
No quería explicaciones:
quería presencia.
20. “Renacer sin ruido”
No renací como imaginé:
no hubo luz cegadora
ni música
ni redención de película.
Renací en silencio,
despacio,
casi de puntillas.
Así renacen las verdades:
sin prisa,
sin testigos,
pero para siempre.
EPÍLOGO
Este poemario termina,
pero el temblor no.
El temblor continúa
como una respiración profunda
que recuerda
que seguimos vivos.
El alma se sacude
no para destruir,
sino para abrir espacio.
Y en ese espacio,
al fin,
caben todas las versiones
de uno mismo.
