como fruta olvidada en el umbral del verano,
una sombra que cree ver sus propios ojos
en cada ventana que se enciende al anochecer.
No es ella, claro.
Es solo el viento que lleva su nombre
como una moneda falsa en el bolsillo del tiempo.
Pero la sombra no lo sabe,
y cree que cada poema es un espejo
donde se refleja su imagen quebrada.
He escrito sobre el agua que se escapa entre los dedos,
sobre el viento que deshoja las cartas sin leer,
sobre el silencio que crece como moho
en las paredes de una casa que ya no existe.
Pero la sombra cree ver sus huellas
en cada metáfora que escapo de mis manos.
Una vez, me dijo que mis palabras eran cuchillos
que danzaban alrededor de su nombre invisible.
Otra vez, me dijo que mis versos eran veneno
que se filtraba por las grietas de su ausencia.
Pero yo solo escribo sobre el polvo
que se acumula en los rincones del olvido,
sobre el eco que responde cuando nadie pregunta.
La sombra no sabe que yo también tengo miedo,
que a veces mis propios versos me asfixian
como una bufanda demasiado apretada
en un invierno que no termina nunca.
Que a veces despertar es encontrarse
con la cara pegada al cristal helado
de una ventana que da a ninguna parte.
En esta ciudad donde los sueños se pudren
como libros olvidados en sótanos húmedos,
yo solo quiero escribir sobre el viento
que lleva consigo los nombres que ya no importan,
sobre el agua que arrastra las cartas
que nunca fueron escritas.
Pero la sombra sigue ahí,
creyendo que cada poema es una foto
que conserva su imagen instantánea,
cuándo en realidad solo soy un cronista
del olvido que se come sus propios hijos.
Y así, entre versos que no la nombran
y metáforas que no la contienen,
seguimos siendo dos fantasmas
que se buscan en espejos que no reflejan,
que se encuentran en sueños que no recuerdan,
que se amenazan con silencios que no suenan.
Porque al final, ¿Qué es un poema
sino un intento fallido de borrar
la huella que nunca existió?

