cosiendo máscaras para los días,
pintando horizontes con colores inventados
mientras el reloj camina descalzo por la casa.
y nuestras manos, ocupadas en construir fantasías,
no sienten el agua que se escapa
entre los dedos de la costumbre.
A veces miramos el calendario
con la seguridad de un dueño antiguo,
como si cada minuto llevara nuestro nombre
escrito con tinta permanente.
Pero el tiempo no firma contratos
ni escucha promesas tardías.
Sigue su camino de sombra y luz
sin detenerse a preguntar.
Un día la memoria abre una ventana
y deja entrar el viento de los años.
Entonces comprendemos
que muchos amaneceres pasaron de largo.
La vida estaba allí, respirando,
sentada en la mesa de lo simple,
esperando una mirada completa
y no solo la prisa de quien se distrae.
Quien aprende a detenerse un instante
descubre que cada segundo es una semilla.
Y al sentirlo plenamente,
la vida deja de pasar…
y comienza a vivirse.

