no caminan… anuncian.
Son un latido firme sobre la piedra antigua,
un idioma secreto que la ciudad reconoce
cuando la tarde se inclina sobre Moscú.
como si el tiempo retrocediera a escucharla,
como si cada paso encendiera una lámpara invisible
en las calles que han visto inviernos eternos
y besos que aún respiran bajo la nieve.
Ella avanza, dueña del frío,
con el abrigo danzando a su ritmo
y el aliento dibujando nubes pequeñas
que parecen seguirla, obedientes,
como versos que no saben quedarse atrás.
Sus tacones son campanas discretas,
llamando a la noche que se abre paso,
marcando el compás de una historia
que no se escribe… se siente,
entre luces doradas y sombras elegantes.
Y Moscú la mira.
La mira como se contempla un milagro cotidiano,
como se observa la belleza que no pide permiso
y sin embargo se queda
en cada esquina, en cada mirada, en cada silencio.
Camino al teatro,
donde los sueños se visten de música y destino,
Natasha no llega… aparece,
como si el mundo entero fuera apenas un escenario
preparado para el eco de sus pasos.
Y yo,
desde la distancia de mi asombro,
entiendo que no son tacones lo que escucho,
sino el corazón de la noche
siguiéndola, rendido.

