sin portazos, sin discusiones,
sin lágrimas derramadas sobre la mesa.
por los silencios demasiado largos,
por las miradas que ya no buscan encontrarse.
Ahí empieza el adiós, en lo invisible,
en lo que la voz no dice
pero el alma traduce sin equivocarse.
A veces tratamos de justificar al otro:
“no me escribe porque está ocupado”,
“no llamó porque tuvo un día difícil”,
“no vino porque algo se complicó”.
Y sí, todo eso puede ser cierto.
Pero también existe ese hueco extraño,
esa vibración que nos atraviesa
como un mensaje cifrado:
la prioridad ya no somos nosotros.
Te volviste distancia aun estando cerca.
Te volviste eco, sombra, recuerdo.
Yo hablaba y tus ojos
viajaban a territorios desconocidos,
como si mi voz te quedara grande o pequeña,
como si ya no tuvieras espacio para mí.
Intenté seguirte, intenté llamarte,
pero solo chocaba contra un muro silencioso
que nunca confesó nada
pero lo dijo todo.
Hay verdades que duelen
porque no gritan,
sino que se deslizan despacio
como una cortina que cae sin ruido.
Y esa fue la nuestra:
una caída lenta, inevitable,
en la que yo traté de sostener lo que quedaba
mientras tú soltaste mucho antes.
No te culpo.
No me culpo.
La vida también es esto:
entender que el amor no se ruega,
que la atención no se mendiga,
que la indiferencia es un idioma universal
que se comprende sin aprenderlo.
Y aunque duela,
prefiero abrazar la claridad
antes que perderme intentando descifrar
lo que ya estaba dicho en tu silencio.
