Poemario IV, Atlas del alma


Las Horas del Polvo
Dedicatoria  

A Gaby, Alejandra y Mafer mis sobrinas

Estos versos son el testimonio de lo que dolió y de lo que en silencio, decidí no devolver. Te entrego estas palabras como un espejo de lo que fue: un refugio que terminó en incendio y una lealtad que se mantuvo firme incluso frente a tus ruinas. No hay odio en este adiós, solo la claridad de quien entiende que cada uno entrega lo que lleva dentro. Me quedo con la paz de haber amado sin destruir, y con la certeza de que mis cicatrices son hoy mi mayor enseñanza.

Prologo

Que en cada "caída con elegancia" encuentres un verso que te sostenga, un fragmento de este oficio de vivir que nos rompe para hacernos más sinceros. Que este mapa de lo invisible te recuerde que, incluso en el silencio más hondo, nunca estamos del todo solos; siempre hay un eco, una sombra fiel o un árbol esperando pacientemente a que lo nombremos.

Te entrego este archipiélago de voces y estas horas hechas de polvo luminoso, para que tus manos siempre entiendan este idioma de cicatrices y flores que nacen de la herida. Porque escribir es una forma de permanecer, y quiero que, a través de estas líneas, mi voz se quede contigo, como una semilla que el viento decidió sembrar en tu pecho.

Con toda mi gratitud y ternura.

A quienes aún buscan sentido entre las ruinas.  
A los que escuchan el silencio y saben que ahí también hay vida.  
A los que aman sin prometer eternidades,  
porque entienden que el instante basta.  

Introducción

Atlas del alma

Este poemario es una búsqueda a través del tiempo interior, un recorrido por las grietas, la memoria y los silencios que definen lo humano. Cada texto intenta trazar un mapa del alma, no para encontrar destino, sino para reconocer los caminos que nos habitan.Entre sombras, luces, heridas y esperanza, la palabra se vuelve brújula. En su trazo imperfecto descubrimos que no somos más que viajeros de nosotros mismos, aprendiendo a respirar en la incertidumbre.

***

I. Al borde del nombre  

Nací en una sombra que no pedí,  
una sílaba me empujó fuera del sueño  
y aprendí que ser es pronunciarse  
sin saber si alguien escucha.  

El viento jugó con mis pasos,  
dibujó rutas que no eran mías.  
Así supe que el destino es apenas  
un gesto de la lengua en la boca de otro.  

Cada día me nombró distinto,  
más cerca del olvido que de mí mismo.  
Pero en cada intento de decir “yo”,  
renace un universo entero.  

***

 II. Ciudad sumergida  

Bajo las avenidas, duermen peces de vidrio.  
Sus ojos brillan con el reflejo de los semáforos  
y escuchan los latidos del metro  
como si fueran oraciones.  

Yo camino sobre ellos, ciego de neón,  
con una lluvia de humo que me sepulta.  
Las ventanas parecen bocas abiertas,  
clamando por una palabra que las redima.  

Ahora entiendo: la ciudad también respira,  
aunque su aliento huela a distancia.  
Y cada esquina guarda un secreto  
que nadie quiere pronunciar.  

***

 III. Inventario de ausencias  

He contado tus gestos uno a uno,  
como quien ordena monedas antiguas.  
Tu silencio aún pesa más que una promesa,  
y tu sombra me acompaña más fiel que el presente.  

Guardo tu voz en una caja cerrada,  
temo que si la abro, el aire huya del cuarto.  
El amor es un archivo de ruinas,  
un museo donde el polvo es testigo.  

He olvidado tu rostro, pero no tus pausas.  
Allí vive el fuego que nunca se apagó.  

***

IV. El oficio de caer  

Caer no siempre es derrota.  
A veces la caída enseña la forma exacta del vuelo.  
He visto pájaros hundirse en el agua  
para aprender la gravedad del deseo.  

Yo también me he roto muchas veces,  
y en cada fragmento descubro otro yo,  
más sincero, más pequeño,  
un eco de lo que fui y aún no sé ser.  

Tal vez vivir consista sólo  
en aprender a caer con elegancia.  

***

V. Los árboles saben  

Los árboles guardan la historia del viento,  
sus ramas son labios que nunca mienten.  
En cada hoja que cae se escucha  
el suspiro secreto de la tierra.  

Ellos no corren ni huyen,  
sólo esperan.  
Su paciencia es más sabia que cualquier palabra,  
y su sombra, una escuela de calma.  

Cuando la lluvia los toca, cantan.  
Y uno entiende entonces  
que la vida sólo florece  
cuando se inclina hacia la luz.  

***

 VI. Cronología del polvo  

El polvo se posa en todo:  
en las fotos, en la piel, en los sueños.  
Es el recordatorio del tiempo,  
un dios diminuto que todo lo iguala.  

Camino y levanto su danza silenciosa,  
cada partícula un trozo de lo que fui.  
El polvo no olvida, simplemente espera  
que alguien lo mire sin vergüenza.  

En su quietud hay consuelo:  
saber que nada se pierde,  
que todo se transforma  
hasta volverse bruma.  

***

 VII. La casa vacía  

Atravieso el pasillo y sólo escucho  
la respiración del eco.  
Todo lo que amé dejó su sombra  
pegada a las paredes.  

La casa aún huele a pan y despedida.  
La luz se filtra como un recuerdo  
que insiste en quedarse.  

Nada duele más que lo quieto,  
lo que permanece sin nosotros.  
Acarició la madera del marco:  
me devuelve todas las voces que perdí.  

***

 VIII. Poema del insomnio  

El reloj se disuelve en mis párpados.  
Pienso en los que duermen sin culpa,  
en sus cuerpos rendidos al silencio,  
mientras el mío arde con preguntas.  

Las palabras rondan mi cabeza  
como insectos atraídos a una lámpara.  
Intento escribir y sólo obtengo  
cicatrices de tinta.  

En la madrugada, el alma despierta,  
y por un instante, parece comprenderlo todo.  

***

 IX. Geografía del cuerpo  

Tu piel era un mapa que no terminaba.  
Allí habitaban ríos, fronteras,  
y un idioma que sólo mis dedos entendían.  

Amarte fue perderme sin temor,  
viajar por un territorio sin regreso.  
Los mares de tus manos, la península de tu cuello,  
el desierto tibio de tu espalda.  

Cada beso fue un descubrimiento,  
cada huida, una guerra ganada.  

***

 X. Cartas al futuro  

A quien lea esto cuando yo no esté:  
escribir es una forma de permanecer.  
No sé tu nombre ni tu tiempo,  
pero te hablo igual, desde mi niebla.  

Guardo esperanza en las palabras,  
esas semillas que el viento decide dónde caer.  
Quizá florezcan en tu pecho,  
quizá se pierdan para siempre.  

De cualquier modo, ya habré vivido un poco más.  

***

 XI. Anatomía de la esperanza  

La esperanza tiene huesos frágiles,  
pero no muere fácil.  
Se dobla, se astilla,  
más nunca se extingue.  

Habita los gestos pequeños,  
el saludo del desconocido,  
la flor que rompe el concreto.  

Es una llama incierta, sí,  
pero basta para alumbrar.  

***

 XII. El reloj sin manecillas  

El tiempo se me cansó entre las manos.  
Le quité las manecillas y lo dejé dormido  
sobre la mesa, respirando despacio.  

Desde entonces, las horas no existen,  
y he aprendido a medir los días  
por la altura del sol en la ventana.  

Quizá la eternidad no sea infinita,  
sólo un segundo que se rehúsa a pasar.  

***

 XIII. Archipiélago de voces  

Cada voz que amamos es una isla.  
Vivimos navegando entre sus costas,  
tratando de no ahogarnos en silencio.  

Algunas desaparecen sin aviso,  
otras se convierten en faros.  
Pero todas, incluso las más distantes,  
siguen hablándonos cuando la noche cae.  

Y comprendemos que nunca estuvimos del todo solos.  

***

 XIV. Retrato bajo la lluvia  

La lluvia sabe más de mí que nadie.  
Ha visto mis derrotas mojadas,  
mi rostro abrirse bajo el agua  
como una herida que aprende a sanar.  

Camino sin paraguas, confiado,  
dejó que el cielo me hable en gotas.  
Cada una trae un recuerdo,  
cada una se lleva un miedo.  

Llover es otra forma de empezar.  

***

 XV. Manual de vuelo  

Extiende tus manos,  
aunque el viento no responda.  
El miedo también tiene alas,  
pero no sabe volar.  

Si caes, sonríe: la tierra no juzga.  
Toda altura es una ilusión,  
todo vuelo, una fe momentánea.  

Recuerda: lo importante no es llegar al cielo,  
sino aprender a mirar desde otro ángulo.  

***

 XVI. Elegía para los que no volvieron  

Hay nombres que el viento pronuncia despacio,  
como si temiera romperlos.  
Son los que se fueron sin aviso,  
dejando un hueco donde cabía el mundo.  

Los busco en los atardeceres,  
en los reflejos breves del río.  
Y escucho su risa, todavía tibia,  
en la garganta del recuerdo.  

No volvieron,  
pero siguen en cada aire que respiro.  

***

 XVII. El idioma de los espejos  

El espejo no repite, pregunta.  
Cada mañana nos interroga  
con el mismo gesto paciente.  

Lo que vemos no es reflejo,  
es versión.  
El rostro cambia,  
la mirada traduce.  

El espejo miente con dulzura:  
nos muestra lo que aún creemos ser.  

***

 XVIII. La bala y la flor  

De un disparo nació la vida.  
El hierro se hundió en la tierra  
y de su herida brotó un lirio.  

El dolor también germina,  
si sabe esperar el agua.  
No todo lo que hiere destruye:  
a veces florece distinto.  

Así aprendí que la muerte  
es sólo otra forma de siembra.  

***

 XIX. Los nombres del fuego  

Hay fuegos que destruyen, otros que alumbran.  
Uno vive en la lengua del poeta,  
otro en la mirada del niño que no teme.  

El fuego transforma, no pregunta.  
Consume lo que somos  
para mostrarnos lo que queda.  

Y cuando todo arde,  
la ceniza también tiene su belleza.  

***

 XX. La puerta final  

He llegado al umbral del silencio.  
No hay fin, sólo un respiro más profundo.  
Todo lo que amé me espera del otro lado,  
hecho de luz, hecho de memoria.  

La palabra concluye,  
pero la voz aprende a quedarse quieta.  
Camino en paz hacia el adentro:  
el eco, manso, me abre paso.  

La puerta se cierra sin ruido,  
como si siempre hubiera estado abierta. 

***

Epílogo: La palabra que queda  

Este poemario traza un mapa de lo invisible: los ecos que deja la memoria, la música secreta de lo cotidiano y los silencios que marcan los límites de lo humano. Cada poema es un territorio distinto, un fragmento del alma que intenta orientarse entre ruinas y resplandores. No hay brújula, sólo palabras que tantean en la oscuridad buscando sentido.  

He recorrido este mapa intentando escuchar lo que el mundo calla. Cada poema fue un lugar, una respiración distinta del mismo cosmos. Entre el dolor y la belleza, descubrí que la voz es apenas una sombra de la presencia, y que el lenguaje ,pese a su fragilidad, nos sostiene como una cuerda en la tormenta.  

No hay respuestas definitivas, sólo caminos.  El silencio, ese territorio que tanto tememos, no es ausencia, sino una forma más de decir. Allí terminan todas las voces, pero también allí comienzan.  

Cuando cierres este poemario, no guardes las palabras: repítelas dentro de ti, déjalas dispersas por la casa, deja que alguna se te pegue al alma como polvo luminoso. Tal vez entonces la cartografía se complete, no en el papel, sino en tu propia respiración.  

 Nota del autor  

“Las Horas del Polvo” nació de noches sin sueño y amaneceres sin nombre. Es un intento de observar cómo la humanidad, pese al ruido, sigue necesitando detenerse, respirar y escuchar. Cada poema fue una brújula quebrada que, sin embargo, señaló siempre hacia la ternura.  

No tengo certezas, sólo gratitud.  
Si estas palabras encuentran un eco, si una sola línea acompaña a alguien en su noche más quieta, el viaje habrá tenido su destino. 


Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket
Ricardo Abud (Chamosaurio)

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS. M.Sc.Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú. Estudios en, Union County College, NJ, USA. Email: chamosaurio@gmail.com

Publicar un comentario

Deje su comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente