La tierra tembló dos veces, Venezuela,
como si el mundo entero te negara el derecho
de seguir en pie.
Primero fue un golpe,
luego otro, en menos de un minuto,
como si la desgracia no supiera
ir sola.
una montaña de escombros.
No busca oro ni gloria.
Busca a su hijo.
Y sus manos sangran
y ella no para
porque el amor no sabe de cansancio
cuando hay vida que encontrar
debajo del silencio.
Simón llegó desde lejos,
con guantes, una pala y un pico,
a remover los restos
del edificio donde vivían
su madre y su hermano.
"Aunque sea sus papeles," dijo,
"aunque sea un zapato."
¿Hay dignidad más alta
que buscar a los tuyos entre las ruinas
del miércoles que todo lo rompió?
Luz Marina acampó con sus hijas
porque el techo que las cobijaba
ya no existe,
y sus hijas le decían: "Mamá, sácanos,
no queremos morir aquí,"
y ella las sacó,
porque las madres venezolanas
llevan siglos sacando a sus hijos
de donde todo se derrumba.
Dieciséis años tenía Razan Sijaa,
promesa del fútbol y de la vida,
sepultado antes de florecer.
Víctor, Ricardo, José Miguel.
Nombres que el estadio
ya no volverá a gritar.
Y sin embargo,
en Bogotá clasifican ropa y alimentos.
En Lima cargan un avión.
En Lisboa embarcan sesenta rescatistas.
En Berlín despega el primer A400M.
La tierra tembló en Venezuela
y el mundo entero sintió el temblor.
¿Cuánto puede aguantar un pueblo?
¿Cuántas veces puede doblarse
sin quebrarse del todo?
Venezuela ha respondido esa pregunta
cada vez que ha tenido que hacerlo:
con manos que desentierran,
con voluntarios que no duermen,
con gente que abre sus casas
y sus brazos
y lo poco que le queda.
La tierra te traicionó, Venezuela.
Pero tu gente
hambrienta, herida, de duelo
sigue buscando bajo los escombros
la prueba de que todavía estás viva.
Y lo estás.
Dios mío, lo estás.
