Cada paso tuvo tu nombre escrito antes de ocurrir,
cada silencio llevaba la comodidad de tu ego,
cada despedida encontraba refugio
en la excusa más fácil para no mirar atrás.
Algunas personas aman como quien ocupa una casa ajena:
mueven los muebles, abren ventanas,
encienden luces que nunca piensan pagar
y se marchan dejando el frÃo instalado en las paredes.
Lo verdaderamente difÃcil
no es absolverte de las ruinas,
sino sentarme frente al espejo
y preguntarle a mi propia conciencia
por qué insistió tanto en quedarse
donde jamás existió espacio para el corazón.
Porque amar también puede ser una forma de abandono.
Uno se deja solo a sà mismo
cuando empieza a justificar desprecios,
cuando convierte migajas en banquetes,
cuando celebra pequeños gestos
de alguien incapaz de sentir culpa.
Tus actos nunca tuvieron dudas;
las dudas fueron mÃas.
MÃas por esperar ternura
de unas manos acostumbradas únicamente
a sostenerse a sà mismas.
Y aun asÃ, qué tragedia tan humana
seguir encontrando belleza
en quien jamás miró las heridas que causaba.
Seguir defendiendo una historia
que sólo sobrevivÃa dentro de un pecho.
No guardo rabia.
El tiempo enseña que ciertas personas
no destruyen por maldad,
sino por la costumbre de ponerse primero
incluso cuando pisan el alma de alguien más.
La batalla más amarga
ha sido aprender a perdonarme
por haber confundido indiferencia con amor,
por haber esperado reciprocidad
de un corazón demasiado ocupado
adorándose a sà mismo.
