como si cada amanecer fuera un animal cansado
que se acuesta sobre mis costillas para recordarme
que ya no soy aquel que sabÃa caminar sin temblar.
que devuelven la imagen de un hombre que se pierde en su sombra.
La tristeza ha aprendido mi nombre mejor que yo mismo.
Se sienta a mi mesa como una visita eterna,
sirve silencio en el plato y bebe de mis recuerdos
mientras yo intento sostenerme con manos que ya no abrigan.
Hay dÃas en los que la ausencia pesa más que cualquier montaña,
y mi voz se arrastra como un hilo mojado que jamás enciende un fuego.
Extraño lo que fui, aunque al tocar esa memoria
solo encuentro cenizas que se deshacen como un susurro arrepentido.
La vida se ha vuelto un corredor de puertas cerradas,
un mapa donde cada ruta termina en un cuarto sin ventanas.
Y sin embargo camino, porque detenerme serÃa aceptar
que incluso la noche ya se cansó de mi compañÃa.
La esperanza…
esa criatura tÃmida que solÃa esconderse en mis bolsillos,
ahora se oculta en los recovecos más densos de la oscuridad,
como un pájaro asustado que sabe que afuera todo duele.
A veces creo escuchar sus alas temblar a lo lejos,
pero al extender mi mano solo toco el frÃo inevitable del vacÃo.
