como quien entra a un bosque sin luna.
Cada paso era un trueno,
cada recuerdo una rama quebrada.
Pero seguí.
No corrí.
No me tapé los ojos.
Y en medio del bosque,
cuando el temblor era tan grande
que ya no sabía si era mío o del mundo,
la encontré.
Una calma pequeña,
del tamaño de una luciérnaga cansada,
pero viva.
La tomé en mis manos
y entendí que la fuerza
no llega cuando se supera el miedo,
sino cuando uno deja de huir de sí mismo
