las que iluminaban mis desvelos,
eran las luces de la Universidad
quemando aceite de medianoche.
nos encontraba con los ojos rojos
y el corazón lleno de fórmulas
que parecían conjuros mágicos.
En esas vigilias descubrí
que la sabiduría duele al nacer,
que cada verdad es una herida
que sana solo con más verdades.
Moscú guardaba nuestros insomnios
como un cofre guarda sus tesoros:
éramos jóvenes que no sabíamos
que vivíamos los mejores días.