cuando el espejo ya no devolvía reproches
sino una pregunta sencilla y firme:
¿Cuánto más vas a quedarte donde no te habitan?
solo el silencio entendiendo por fin
que el amor no puede caminar
si uno arrastra y el otro mira.
Te fuiste tres veces,
pero la última no dolió igual;
dolió distinto,
como duele despertar después de un sueño hermoso
que ya empezaba a volverse pesadilla.
Yo sostenía la cuerda,
anudaba los días,
remendaba las grietas invisibles.
Cuando solté…
no quedó historia que salvar.
Entonces me elegí.
Y no fue egoísmo, fue dignidad.
No fue rabia, fue cansancio.
No fue orgullo, fue amor propio
aprendiendo a pronunciar mi nombre sin temblar.
Si al irme todo se acabó,
es porque nunca fuimos dos sosteniendo el mismo cielo.
Y aunque el final tenga sabor a ausencia,
hay una paz nueva creciendo en mis manos.
Me elegí.
Y en ese gesto sencillo
comenzó la parte más honesta de mi historia.
