Cuando el corazón está en paz, la boca calla


Por: Ricardo Abud

La verdad ancestral  atraviesa culturas y generaciones: de la abundancia del corazón habla la boca. No es filosofía rebuscada ni psicología moderna, es simple observación humana. Las palabras que escoge una persona, el veneno o la miel que destilan sus mensajes, son el termómetro exacto de su estado interior.

Quien vive en paz consigo mismo no necesita perturbar la paz ajena. Quien ha encontrado su centro no busca descentrar a otros. La persona genuinamente feliz no tiene tiempo ni energía para dedicarse a atormentar, a enviar mensajes cargados de improperios, a lanzar calificativos hirientes. Simplemente no lo hace. No porque sea moralmente superior, sino porque su felicidad la mantiene ocupada viviendo su propia vida.

Piénsalo: ¿cuándo fue la última vez que alguien pleno, satisfecho y en armonía consigo mismo dedicó sus días a hostigar a otro? No sucede. La persona feliz está construyendo, creando, amando, riendo. Está demasiado involucrada en su propio florecimiento como para invertir energía en marchitar jardines ajenos.

El ataque, el mensaje venenoso, la palabra destinada a herir, siempre provienen del mismo lugar: el vacío interno. Quien ataca está, en realidad, gritando su propio dolor. Está proyectando en ti la guerra que lleva dentro. Cada insulto que te dirige es una confesión involuntaria de su propio sufrimiento. Cada calificativo degradante que te envía es un autorretrato de cómo se siente consigo mismo.

Y aquí viene la parte liberadora: cuando comprendes esto, cuando realmente lo interiorizas, los ataques pierden su poder. Porque ya no se trata de ti. Nunca se trató de ti. Se trata de ellos, de su batalla interna, de su incapacidad para estar en paz. Sus palabras son simplemente el desbordamiento de su propio malestar.

Hiroshima y Nagasaki pueden caer sobre ti, pero si estás centrada, si sabes quién eres y lo que vales, esas bombas explotan en el vacío. No hay en ti el terreno fértil donde puedan germinar la duda, la inseguridad o el dolor. Tu certeza interna funciona como un escudo invisible pero inquebrantable.

Esto no significa que no sientas. Significa que no te defines por lo que otros dicen de ti. Significa que tu valor no está a merced de las opiniones ajenas, especialmente de aquellas que provienen de lugares rotos. Cuando estás preparada, cuando has hecho el trabajo interior de conocerte y aceptarte, las palabras de otros rebotan sin hacer mella.

La persona infeliz jode. Así de simple, así de crudo, así de verdadero. Jode porque está jodida por dentro. Atormenta porque está atormentada. Hiere porque está herida. Y mientras no sane su propio interior, seguirá buscando afuera a quien contagiar su malestar.

Pero tú no tienes que ser su recipiente. No tienes que absorber el veneno que otros destilan. Puedes reconocerlo por lo que es: el grito desesperado de alguien que no está bien, y seguir tu camino. Puedes incluso sentir compasión por esa persona atrapada en su propia infelicidad, sin por ello permitir que sus palabras definan tu realidad.

Al final, la mayor venganza, si es que necesitas una, es tu propia paz. Es seguir adelante, imperturbable, mientras ellos se consumen en su propia amargura. Es vivir tan plenamente que sus intentos de perturbarte resulten irrelevantes. Es estar tan llena de tu propia luz que sus sombras no encuentren donde posarse.

Porque quien es feliz no jode. Y quien está en su centro, simplemente no responde al caos ajeno con más caos. Observa, comprende, y continúa. Esa es la verdadera fortaleza.


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Ricardo Abud (Chamosaurio)

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS. M.Sc.Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú. Estudios en, Union County College, NJ, USA. Email: chamosaurio@gmail.com

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