como promesas escritas en el horizonte,
líneas trazadas por otros que vinieron
costumbre y la certeza. Y hay caminos
que inventamos al andar, esos que
nacen bajo nuestros pies cuando
decidimos apartarnos del asfalto
conocido y adentrarnos en la maleza de l
o incierto.
Algunos caminos son rectos y
luminosos, pavimentados con las
piedras del éxito que todos reconocen: el
trabajo estable, la casa propia, los
domingos en familia. Otros son
tortuosos y oscuros, esos que elegimos
cuando el corazón susurra una verdad
que la razón no quiere escuchar, cuando
abandonamos lo seguro para perseguir
algo que ni siquiera sabemos nombrar.
Caminamos solos y acompañados.
A veces creemos ir en soledad y
descubrimos que hay multitudes
invisibles caminando a nuestro lado:
los que nos enseñaron a dar el primer paso,
los que dejaron migajas de sabiduría en ç
los cruces difíciles, los que caminan
ahora en otra parte del mundo pero
comparten nuestro mismo cansancio,
nuestra misma sed.
Y en cada encrucijada, la pregunta:
¿hacia dónde? La brújula interna gira enloquecida
entre el deber y el deseo,
entre lo que fuimos y lo que queremos ser.
Algunos eligen con la cabeza,
calculando distancias y probabilidades.
Otros lanzan una moneda al aire y
confían en el azar. Otros simplemente se
quedan quietos hasta que el viento
decide por ellos.
Hay caminos que terminan
abruptamente en acantilados que nos
obligan a retroceder, a reconocer el
error, a empezar de nuevo con las
rodillas raspadas y el orgullo herido.
Y hay caminos que se convierten en
círculos, que nos devuelven al punto de
partida después de años de andar, pero
ya no somos los mismos que partieron:
llevamos el polvo de cien paisajes en los
zapatos, historias tatuadas en la piel del alma.
Lo importante, quizás, no es llegar sino caminar.
Sentir la tierra bajo los pies, el sol en la cara,
la lluvia que nos obliga a buscar refugio
y nos enseña que a veces detenerse también es avanzar.
Porque la vida no es el destino marcado
en el mapa sino cada paso dado, cada piedra
esquivada o tropezada, cada amanecer
que nos encuentra todavía en marcha,
todavía vivos, todavía buscando.
Y cuando las fuerzas flaquean y los pies sangran,
recordamos que hemos llegado hasta aquí,
que cada cicatriz es un kilómetro ganado,
que seguimos eligiendo el movimiento sobre la parálisis.
Porque al final, todos los caminos
conducen a alguna parte, y esa parte
somos nosotros mismos, descubriéndonos
paso a paso en este extraño viaje
que llamamos vida.
