Entre la Duda y la Certeza


Por: Ricardo Abud

"No tengo pruebas pero tampoco tengo dudas." Esta frase, que ha resonado en labios de enamorados, soñadores y creyentes, encierra una de las verdades más profundas de la existencia humana: hay certezas que habitan más allá del reino de lo demostrable, en ese territorio sagrado donde la razón se inclina ante el corazón.

Vivimos en un mundo obsesionado con las evidencias, con los datos verificables, con aquello que puede medirse y pesarse en la balanza de la lógica. Pero hay territorios del alma donde la ciencia calla, donde los números se disuelven como sal en el océano, donde solo queda la intuición luminosa de lo que es verdadero sin necesidad de certificados.

El amor verdadero no viene acompañado de documentos notariados. No hay análisis de sangre que confirme que esa persona es tu compañera de viaje, ni algoritmos que calculen la probabilidad de felicidad compartida. Y sin embargo, cuando miras a los ojos correctos, cuando una mano se entrelaza con la tuya con la naturalidad de dos ríos que se encuentran, sabes. Simplemente sabes. No tienes pruebas, pero tampoco te hacen falta las dudas.

Esta certeza sin evidencia es como el pájaro que, sin haber estudiado aerodinámica, se lanza al aire confiando en sus alas. Es como la semilla que, enterrada en la oscuridad más absoluta, crece hacia una luz que aún no ha visto pero que sabe que existe. La naturaleza entera conspira con esta sabiduría que trasciende la razón: el instinto de migración de las mariposas monarca, el regreso del salmón a su río natal, el florecer del cerezo justo en el momento preciso.

¿Acaso necesita la primavera presentar pruebas de su llegada? Simplemente llega, y lo sabes en el aire, en el canto renovado de los pájaros, en ese despertar inexplicable que sientes en el pecho. No tienes pruebas, pero no tienes dudas.

Hay quienes dirían que esta forma de conocer es peligrosa, que nos puede llevar por caminos equivocados. Y tienen razón en ser cautelosos. Pero también es cierto que si esperáramos pruebas irrefutables para cada paso que damos, nos convertiríamos en estatuas de sal, paralizados ante el movimiento perpetuo de la vida. A veces, la fe no es la ausencia de inteligencia, sino su complemento más audaz.

La esperanza misma es un acto de esta certeza sin pruebas. Cuando plantamos un jardín en medio de la sequía, cuando abrazamos a alguien que sufre sin saber si nuestro consuelo bastará, cuando nos levantamos cada mañana apostándole a que este día puede ser mejor que el anterior, estamos diciendo con cada acción: no tengo pruebas, pero no tengo dudas.

En un mundo que a menudo parece derrumbarse, donde las noticias son catálogos de angustia y las estadísticas pintan futuros sombríos, mantener la certeza interior de que la bondad prevalecerá, de que el amor es más fuerte que el odio, de que la luz terminará por encontrar cada grieta en la oscuridad, es un acto revolucionario de valentía.

Esta convicción luminosa es el motor secreto de todos los que han cambiado el mundo. Los grandes soñadores nunca tuvieron pruebas de que sus visiones se materializarían. Martin Luther King no tenía pruebas de que su sueño se cumpliría, pero no tenía dudas de que la justicia era posible. Los artistas no tienen pruebas de que su obra tocará corazones, pero no dudan al crear. Los padres no tienen pruebas de que serán suficientes, pero no dudan al amar a sus hijos con todo lo que son.

Quizás esta sea la forma más elevada de sabiduría: aprender a confiar en esa voz interior que susurra verdades que ningún microscopio puede detectar. Es la brújula del corazón, que señala el norte verdadero incluso cuando todas las evidencias externas sugieren lo contrario.

Y así, navegamos por la vida con esta paradoja hermosa: somos criaturas racionales que se atreven a creer sin evidencias, seres lógicos que se entregan a certezas del corazón. No tenemos pruebas de que todo saldrá bien, pero tampoco tenemos dudas de que vale la pena intentarlo. No tenemos pruebas de que el amor sanará todas las heridas, pero no dudamos en amar de todas formas.

Porque al final, las cosas más importantes de la vida, el amor, la esperanza, la fe en la humanidad, la belleza del momento presente, no necesitan ser probadas. Solo necesitan ser vividas, sentidas, abrazadas con la totalidad de nuestro ser.

No tengas pruebas. No tengas dudas. Ten certeza. Y camina hacia adelante con el corazón abierto, como el girasol que gira hacia el sol sin cuestionar su luz.

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Ricardo Abud (Chamosaurio)

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS. M.Sc.Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú. Estudios en, Union County College, NJ, USA. Email: chamosaurio@gmail.com

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