con contratos de oro y promesas de progreso,
y abriste tus entrañas de petróleo y de hierro
para que extrajeran tu sangre a precio de desprecio,
secuestraron a tu presidente y abrieron la embajada
del secuestrador,
con sus botas y sus planos, sus cláusulas de acero,
y mientras tu pueblo moría en ranchos de hojalata,
el crudo venezolano alimentaba imperios ajenos.
Te vendieron tus propios gobernantes genuflexos,
firmaron concesiones que hipotecaban tu futuro,
y el lago que era espejo de tu soberanía
se volvió propiedad de Houston y de Wall Street oscuro.
Nacionalizaste el petróleo con puño en alto,
proclamaste que ahora sí serías dueña de tu suelo,
pero los mismos que gritaban "patria" en las plazas
negociaban por debajo tu oro negro por dinero.
Las refinerías de Texas refinan tu riqueza,
Miami se construye con el sudor de tus mineros,
y tus hijos hacen cola por un kilo de harina
mientras el Orinoco regala diamantes a extranjeros.
Venezuela, dos veces traicionada:
por el yanqui que explotó y por el criollo que vendió,
te vaciaron desde afuera, te saquearon desde dentro,
y entre tanto ladrón con bandera, tu pueblo se quedó.

