no levanta la voz:
camina descalza entre silencios,
deja migas de luz
para que el otro decida seguir.
un segundo más de lo prudente,
una frase incompleta
que tiembla en el aire
como si pidiera ser terminada por labios ajenos.
No promete, no exige,
apenas roza la orilla del deseo
y se retira,
con la elegancia del mar
que sabe volver sin ser llamado.
En ese arte sutil
el cuerpo aprende otro idioma:
un gesto mínimo,
una risa que se escapa sin permiso,
el pulso traicionando al pensamiento.
Amar así
es confiar en el eco,
dejar una puerta entornada
y creer que, si el amor es verdadero,
sabrá entrar sin hacer ruido.
