uso esta nueva que me queda grande,
que me roza incómoda en ciertas vocales,
que me hace tartamudear al pedir pan.
uno que fue hogar y otro que intenta serlo,
y ninguno me cabe del todo bien,
siempre sobra algo, siempre falta algo.
Cuando hablo con mi madre por teléfono,
mi acento ya no es completamente el suyo,
y ella lo nota aunque no lo diga,
ese pequeño extranjero que habita mi garganta.
Extraño cosas ridículas: el sonido de la lluvia en zinc,
el olor del mercado los domingos,
la forma exacta en que se dice te quiero
sin traducción que tergiverse su peso.
Pero he aprendido que hogar no es lugar sino verbo,
algo que construyes con manos prestadas,
con amigos que se vuelven familia elegida,
con recetas que mezclan dos memorias.
Soy puente viviente entre dos mundos,
extranjero aquí, extranjero allá,
y he decidido que estar en el medio
es su propia forma de pertenencia.
